La tribuna

José Antonio / Pérez Tapias

Entre el escándalo y la tragedia

CAMBIÓ la escenografía del horror. A un mar convertido en cementerio de miles de náufragos le acompaña la luctuosa innovación que supone un camión frigorífico, abandonado en una autopista centroeuropea, con 71 cadáveres en su interior: uno a uno hallados donde encontraron la muerte, por terrible asfixia, cuando viajaban a la desesperada buscando una vida en paz. Huían de la guerra. Como cientos de miles de refugiados que arriban a las costas griegas e italianas y que, como pueden, prosiguen su durísimo éxodo desde los países periféricos hasta el centro de la Unión Europea, confiando en el derecho de asilo. Llegan con lo puesto, hombres y mujeres, mayores y jóvenes, también niños. Con sus vidas desnudas -encarnación de esa "nuda vida" de la que habla el filósofo Giorgio Agamben-, en titánico empeño por conservarla y a la vez expuestos ante todos con el máximo de vulnerabilidad, se muestran como lo que son: seres humanos convocando a la humanidad. ¿Y la respuesta, nuestra respuesta? ¿Está a esa altura de lo humano señalada por lo que llamamos dignidad?

Cuando los medios nos muestran las penurias de los refugiados hacinados en la isla griega de Kos -verdad es que con admirable apoyo de ciudadanas y ciudadanos helenos que, en medio de su profunda crisis, se vuelcan en ayudarles-, las columnas de miles de refugiados caminando por carreteras de Serbia o esperando en nutridos grupos por los andenes ferroviarios de Macedonia, o a quienes tratan de salvar la cruel alambrada puesta por el gobierno húngaro en su frontera, cuando no a refugiados que son perseguidos como delincuentes..., cuando todo eso llega a nuestras retinas comprendemos que tan dramáticos hechos exigen una respuesta de Europa que ha de ser radicalmente distinta. Y ello, sin demora, sin cicatería, en ejercicio político de la responsabilidad moral a la que ellos, ineludiblemente, nos convocan.

Como europeos, hemos de ser muy conscientes de las múltiples dimensiones de la responsabilidad que nos atañe como "sociedad decente", que diría Margalit. Espoleados también por el comportamiento de conciudadanos nuestros que, como los alemanes que ofrecen techo a refugiados, suben la moral colectiva para dar una respuesta adecuada, hemos de tener muy presente que los protagonistas de este éxodo descomunal que llaman a nuestras puertas son nuestros refugiados. En primer lugar, por la común humanidad, base ontológica del derecho de asilo como institución jurídica. Y, en segundo lugar, por las responsabilidades de Europa, insoslayables, debidas a su implicación, por acción u omisión, en los conflictos que han derivado a guerras de una crueldad pavorosa, en los países de donde han salido quienes buscan una posibilidad de supervivencia. Se trata de lo ocurrido con las desastrosas guerras de Iraq, con la malhadada invasión de Afganistán, con la parálisis ante la situación de Siria, con la improvisación culpable que marcó la intervención en Libia... Desentendernos ahora no tendría justificación alguna, ni éticamente, ni tampoco desde el punto de vista político.

Así, pues, Europa se ve de nuevo ante el espejo que pone ante sí la humanidad doliente de los refugiados que, en medio de su tragedia, nos obligan a recapacitar sobre lo escandaloso de su situación. Desde España, el compromiso al que debe inducir la sensibilidad de la ciudadanía -contra la misma mezquindad del Gobierno- encuentra el motivo añadido de la memoria de los centenares de miles de españoles que emprendieron el camino del exilio tras la guerra civil. La generosidad que al acogerlos mostraron otros países, especialmente repúblicas americanas, es acicate para actuar como debemos.

Como ciudadanía europea, resituemos además donde ha de estar el resto de soberanía política que, precisamente al reivindicar una solución justa a la demanda de los refugiados, podamos poner en juego. Con sus vidas pendientes del hilo de la solidaridad, quienes en su éxodo llegan hasta nosotros nos exigen una decisión política a favor de la vida y no de la muerte. Europa no puede quedarse en la contradicción de proclamar un derecho de asilo que no practica, de defender los derechos humanos de unos refugiados a los que a la vez condenara privándoles de su debido reconocimiento. Articulando, desde la respuesta humanitaria, mas para ir más allá de ella, la capacidad de respuesta política ante la tragedia de los refugiados, los europeos podremos dejar atrás lo escandaloso de un trato inhumano y mirarnos al espejo recuperando la dignidad.

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