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Rafael / Padilla

Otro espectáculo

VIVIMOS momentos cruciales para el futuro de España, de órdago a la grande, y una buena parte de los jugadores de esta maldita partida parecen empeñados en seguir jugando a la chica. Nada resulta más lógico que, frente a la amenaza cercana y concreta del secesionismo catalán, el Estado busque reforzar sus propios mecanismos de autodefensa. A partir de esta consideración básica, y más allá de variables secundarias, la propuesta de dotar al TC de potestad para que pueda hacer cumplir sus resoluciones debe ser acogida con satisfacción. El tan citado artículo 155 de la CE presenta el grave inconveniente de su falta de desarrollo. La experiencia de la consulta separatista del pasado noviembre vino a demostrarnos que, fiándolos a la lentísima Justicia ordinaria, carecemos de remedios útiles para afrontar desafíos de este tipo. Ahora, si la iniciativa prospera, será el mismo TC el que pueda "acordar la suspensión de sus funciones de las autoridades o empleados públicos de la Administración responsable del incumplimiento durante el tiempo preciso para asegurar la observancia de sus pronunciamientos". Esto, unido a su nuevo poder sancionador de políticos y funcionarios desobedientes, implica un salto cualitativo -y loable- en el rigor, eficacia y agilidad de cuanto el Alto Tribunal determine. Sumándole a ello, además, la previsión, incluida en la inminente Ley de Seguridad Nacional, de que el Ejecutivo pueda poner a sus órdenes a todo el personal y los medios de la Administración en caso de crisis -la quiebra del orden constitucional sin duda lo es- se logra estructurar un arsenal normativo potente ante los desvaríos nacionalistas.

¿Cree el lector que la propuesta ha alcanzado el aprecio general? Ni de broma. Al PSOE sólo le interesa el rédito electoral y desde tal grandeza de espíritu argumenta su pataleta. Iglesias se pierde en idílicos vericuetos de fraternidad. La opinión publicada recurre al mantra de no legislar en caliente, como si la nación no ardiera desde hace años. Muchos jueces ya andan enfrascados en el estéril debate de si galopan galgos o podencos. C's se afana en colocarse de canto para que ni tirios ni troyanos rocen su inmaculada pureza. Un espectáculo, oiga, un guirigay de almas necias, miopes y débiles, a mayor gloria de quien, con rocosa persistencia, anhela dinamitar nuestros equilibrios esenciales. Un síntoma más, al cabo, de que terminaremos teniendo lo que merecemos.

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