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Rafael Padilla

O ficio de buitres

LA peripecia de Ángel Carromero se está convirtiendo en un buen termómetro del grado de sectarismo y de indignidad de la política española. Condenado en Cuba, como saben, por "homicidio imprudente", a consecuencia del presunto accidente de tráfico en el que murieron los opositores Oswaldo Payá y Harold Cepero, Carromero ha podido ser repatriado a España y cumple hoy su condena en un centro penitenciario de Segovia. Esta solución, tan unánimemente solicitada en multitud de casos similares de españoles juzgados en el extranjero, sin embargo en éste no termina de gustarle a un amplio sector de la izquierda española, tal vez no tanto por la gravedad de los hechos como por la ofensa del popular a la idolatrada tiranía cubana.

Sólo así, desde el partidismo estomagante, puede entenderse la denuncia de Llamazares, a quien le parece que el Gobierno está favoreciendo a tan "peligrosísimo" delincuente. Al doctor le duele, y mucho, la celeridad con la que, para bien, se ha resuelto el problema. Avisa, además, de que permanecerá vigilante de la aplicación rigurosa del castigo. Nada de tercer grado, por otra parte ya perfectamente posible, y concedido de hecho, ni de tentaciones de indulto.

Poco importa que las familias de los fallecidos no acepten la culpabilidad de Carromero. Los tribunales cubanos, probablemente los más objetivos y justos del mundo, han dictado su ley, intachable para él. Ya le vale a Llamazares su obstinada miopía y la soltura con la que maneja sus distintas varas de medir.

Todavía sorprende más la actitud de los socialistas. También se han apresurado en pedir explicaciones sobre el destino de semejante forajido. Lástima que no mostraran igual celo en decisiones bastante más polémicas. La piedad aclamada con De Juana Chaos o con el moribundo Bolinaga, el indulto de ilustres banqueros en el último minuto zapateril o -la lista sería realmente larga- la despedida lacrimógena de altos cargos condenados por terrorismo de Estado les invalida para dar lecciones a nadie y tendría que mantenerles con la boquita permanente y decorosamente cerrada.

Esto es lo que hay. En España la política se sigue haciendo con las tripas, con el cainismo por catecismo y por bandera. Malditos sean y maldito el verdadero trato de favor que supone el que les continuemos pagando por sus falacias, por su maniqueísmo y por esa forma tan suya y tan despreciable de seguir enmierdando incansablemente el patio.

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