Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Los frenos

En Málaga lo importante se ha hecho bien y en Sevilla bastante peor, aunque algunas cosas apuntan en la buena dirección

Hace unos días el director para Andalucía de una importante institución financiera con sede en Sevilla confesaba en una conversación privada que cada vez se ve obligado a pasar más tiempo en Málaga. Es una constante que se viene repitiendo en los últimos años. La capital de la Costa del Sol se ha convertido en la ciudad más dinámica y con mayor capacidad de atracción de inversiones de toda la región hasta poder presumir, con datos que lo sustentan, de ser su principal centro de negocios, mientras que para Sevilla se queda la capitalidad política y el peso de la tradición como una de las cinco grandes ciudades del país. Esta es una situación que no es fruto del azar: la potenciación de su aeropuerto como uno de los grandes centros de conexión internacional del sur de Europa, un parque tecnológico que no tiene competencia en España o la apuesta por un modelo turístico que busca la calidad y el poder adquisitivo han ido configurando la singularidad malagueña, hasta el punto que no es arriesgado afirmar que es, a pesar de su permanente apelación al agravio o quizás por ello, la ciudad andaluza que más se ha visto beneficiada por el modelo autonómico.

Sin ánimo de excesiva flagelación, hay que concluir que mientras en Málaga lo importante se ha hecho bien, en Sevilla se ha hecho bastante peor. La capital de Andalucía es cada año más una ciudad de funcionarios al servicio de la Junta de Andalucía y de empleados de un sector turístico sin otra estrategia que un crecimiento desordenado y a cualquier precio. El abandono de otras actividades generadoras de riqueza y empleo queda magníficamente simbolizado con la ruina de Abengoa, que hace sólo unos años se codeaba y hablaba de tú a tú a las principales multinacionales de su sector y hoy no es ni una sombra de lo que fue.

Quizás el mayor problema de Sevilla en este aspecto es lo que tarda en tomar conciencia de que deja pasar los trenes uno tras otro. En los últimos años algunas cosas apuntan en la buena dirección y sería absurdo no reconocer que cuando llegó la pandemia desde el Ayuntamiento y algunas empresas se estaba apostando con fuerza por cambiar el modelo turístico y proyectar una imagen atractiva de la ciudad en el exterior. Tampoco hay que minusvalorar el esfuerzo que se ha hecho en la Cartuja para crear un polo tecnológico de empresas competitivas o el buen trabajo que se está haciendo en la gestión del puerto y del aeropuerto. Pero parece que cualquier cosa que en otros sitios se hace con relativa facilidad aquí cuesta el doble y que los frenos que nos ponemos nosotros mismos o que nos ponen desde fuera son demasiado poderosos. En cualquiera de las dos circunstancias, en nuestras manos está aflojarlos.

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