Eduardo / Jordá

No todos son iguales

En tránsito

06 de diciembre 2014 - 01:00

DESDE que se ha desatado una especie de histeria generalizada -sólo justificable en parte- contra toda la clase política, casi nadie se atreve a defender la honorabilidad de un político o siquiera su capacidad de haber hecho alguna cosa bien. Y se está extendiendo la idea de que todos, sean quienes sean y hayan hecho -o no hayan hecho- todo lo que se dice de ellos, son igualmente sospechosos y dignos de una severa condena pública. Y eso es un error morrocotudo, porque se están cometiendo injusticias flagrantes que están degradando el nombre y la reputación de personas que no se merecen ninguna de las acusaciones que han caído sobre ellas.

Estos días, por ejemplo, se ha sabido que la Audiencia de Sevilla ha anulado el auto por el que la juez Alaya ordenaba el procesamiento del ex primer teniente de alcalde de Sevilla, Antonio Rodrigo Torrijos (de IU), y de otro colaborador suyo. No voto a IU y no conozco de nada a Antonio Rodrigo Torrijos, así que no le debo ningún favor ni pretendo camelármelo, pero me alegro por esa noticia porque ese hombre siempre me pareció honorable y porque además tuvo la iniciativa de construir el carril-bici de la ciudad en la que vivo, una iniciativa que ha hecho de esta ciudad un lugar mucho mejor y mucho más habitable. Pero a pesar de todo esto, estos días se ha tratado a este hombre como si fuera un criminal, y se le ha llenado de insultos vergonzosos sólo porque su nombre aparecía en un sumario gigantesco que parece cobrar vida propia, como el kéfir del Cáucaso o las criaturas viscosas de Lovecraft que crecen en los sótanos solitarios.

Y lo mismo que le ha pasado a Torrijos le ha pasado a otros políticos del PSOE y del PP, a los que se ha insultado de mala manera sólo porque su nombre aparecía en algún sitio o porque se les había acusado sin ninguna prueba. Todos sabemos que hay políticos -muchos, muchísimos- que han cometido delitos gravísimos y que deben pagar por ello. Claro que sí. Pero eso no significa que toda la clase política esté corrompida de arriba abajo y por lo tanto deba ser jubilada de inmediato por inútil y por indecente. Muchos políticos han hecho bien su trabajo, y sería una calamidad que nadie supiera reconocerlo sólo porque vivimos tiempos de penurias y de angustias, así que todos necesitamos encontrar un chivo expiatorio en el que descargar nuestra furia. Por fortuna ha habido políticos decentes en este país. Y los sigue habiendo. Y no arreglaremos nunca nada si no somos capaces de reconocerlo.

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