La lluvia en Sevilla

El jardín liberado

El jardín de González Cuadrado plasma la alocada idea de dar uso comunitario a lo que es público

A lo largo de los años, poquito a poco, aquel vecino del barrio de la Feria había convertido lo que era prácticamente una escombrera en un jardín oculto entre edificios de la calle González Cuadrado. Esa tierra de nadie era de todos, titularidad pública. Con la misma generosidad con la que lo había adecentado, recibió allá por 2015 la idea de un grupo de arquitectos, poetas y artistas sevillanos -un pelín epicúreos, claro- de pasar por allí para echar una mano, encontrarnos y charlar a la sombra, con la sencilla intención de indicar, a través del uso, disfrute y cuidado, que aquel lugar tras la puerta de metal grafiteada había sido liberado por el cariño del vecindario, y puesto lejos del olvido, la especulación, el uso lucrativo, la construcción o la cesión a negocios privados, que suelen ser las maneras más comunes en las que el espacio púbico es asediado normalmente. Los artífices del jardín nos mostraron las especies, los chiquitines andorreaban a sus anchas, los perrillos olisqueaban las yerbas, allí se leía, se charlaba, jugaban (los más estrategas) partiditas de ajedrez. Hablo en pretérito no sólo porque ya no frecuente tanto esa calle en la que tuve, unos números más allá, algo así como mi segunda casa, sino porque desde hace unos días -nos cuenta con puntualidad Ana Sánchez Ameneiro- la Junta ha sellado la entrada: prohibido el paso a toda persona ajena a la obra. "Pero es que no somos para nada ajenas a esta obra", han explicado seriamente las vecinas.

La idea de la Junta es construir 10 viviendas VPO en este solar, que el Ayuntamiento le cedió en 2011 por cinco años. (Si no cuento mal, el plazo de la cesión está extinto). Los vecinos de la calle y los edificios colindantes se han puesto manos a la no-obra. Ya hay petición en change.org de parte de la vecindad, en la que se pide que el jardín lo siga siendo, un jardín brotado de la iniciativa y el trabajo de la gente, un jardín obviado por las administraciones, un jardín devuelto a un barrio en el que, como saben, las zonas verdes brillan por su ausencia. Desde aquí se sumaba en esta misma semana Luis Sánchez-Moliní a la defensa del jardín y desde aquí me sumo yo, con todo afán.

La circunstancia del jardín liberado de González Cuadrado me lleva a pensar en los no pocos asedios al espacio público que sufrimos en la ciudad. Poco se habla de los okupas del espacio público que, en cuanto te descuidas, prueban a taparte la entrada a casa con un velador o a hacer suyo cualquier rinconcillo en tierra de nadie. Prefieren pedir perdón a pedir permiso, pero siempre en provecho propio de lo que es público. El jardín de González Cuadrado propugna lo contrario: su existencia plasma la alocada idea de dar uso público a lo que es público. Iniciativas así importan en sí mismas, pero también como ejemplo y aviso. No podemos perderlas.

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