La ciudad y los días

carlos / colón

Un libro y una tarde

LEO en Babelia el titular de un reportaje sobre las lecturas veraniegas y los ojos se me hacen agua: "Por fin un libro y la tarde por delante". No se puede decir mejor. Por fin un libro, unos libros, que esperan pacientemente ser leídos. Esos cuyos lomos revisamos con melancolía cuando repasamos las torretas formadas por los volúmenes apilados en espera de su lectura; y que son, a mis años, una admonición de postrimerías -finis gloriae libris- cuando se echan las cuentas de lo que querríamos leer y el tiempo que nos queda, aún con las más optimistas previsiones, para hacerlo. Admonición agravada por el gusto de releer, tan propia de quienes sabemos por experiencia propia lo cierta que es la leyenda escrita en el reloj de sol de Tara en Lo que el viento se llevó: "DO NOT SQUANDER TIME / THAT IS THE STUFF LIFE IS MADE OFF" ("No malgastes el tiempo / De eso es de lo que está hecha la vida").

Por fin un libro y la tarde por delante… Lo leo y oigo los aspersores del césped en el silencio absoluto de las primeras horas de la tarde, y el suave batir de la caída del toldo. Lo leo y veo la habitación en penumbra, la tumbona que me aguarda y junto a ella la mesita con el té y el libro que empezaré a leer allí y seguiré leyendo, cuando empiece a caer la tarde, sentado en un chiringuito hasta que el sol toque la línea curva del mar casi siempre calmo. Lo leo y siento el tacto y el olor del papel. Y el delicioso vértigo de la lectura veraniega que permite perderse por las páginas durante muchas horas, el placer de la lectura ininterrumpida que hace necesario buscar para el verano libros en los que se pueda vivir.

Leer frente al mar, o en el campo, despoja a la lectura de las indeseables adherencias de distinción pedante. La pedantería es a la lectura lo que la beatería a la religión: una acción de afectada virtud. También la libera de la servidumbre de cualquier utilidad. Leer o releer por que sí, por puro placer. Porque en ese tiempo sin reloj es más fácil leer como Luis Cernuda pedía que se oyera la música: "con mayor pureza, y sólo desear en ella lo que ella puede darnos, embeleso contemplativo". Mar, sol, arena, árboles, cielo, ostinato del sonido de las olas que mueren suavemente sobre la fina arena o trémolo de las hojas movidas por el viento, esas presencias tan discretas y queridas que son soledad acompañada, un libro y la tarde por delante… La felicidad. O una de sus formas.

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