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El mal

Existe el mal. Y su aliada la hipocresía institucional. La mano que recorta y la que se da golpes de pecho

Cuandomuere un niño, sea en Gaza o en Almería, se nos rompe el corazón. Más aún cuando le ponemos nombre, cuando le vemos la cara. Cuando intuimos su silueta como en la estremecedora fotografía de Mohammed Salem, Premio Ortega y Gasset de este año. Si además mueren a manos de su propio padre la tragedia nos salpica porque sabemos que es la crónica de una muerte anunciada. Los hombres por el hecho de serlo no son criminales en potencia. Las mujeres por el hecho de serlo no son seres de luz llenas de infinita bondad. Pero los paradigmas sí encapsulan roles, el patriarcado es un sistema de poder donde un sexo está supeditado al otro, es posesión del otro, pertenece al otro: el varón. Mis amigas y sobre todo mis maestras feministas, infinitamente más formadas que yo en ensayística y pensamiento sobre la desigualdad por sexo, verán en mis palabras un lugar común que deberíamos saber desde los primeros pasos de la llamada edad de la conciencia. Pero esa obviedad es compleja de aceptar en la vida cotidiana, sabemos que las creencias – “lo natural” – anida en lo más íntimo de nuestras convicciones y a veces funciona como un ancla a la que estamos varados sin posibilidad de navegar con vela y cuenta propia. Las leyes no cambian las conciencias. Enmarcan, definen lo que una sociedad considera inadmisible y eso es fundamental. Desde considerar que los malos tratos pertenecían a la esfera privada –que hemos vivido los que tenemos una edad– a sabernos vecinos de una tragedia que nos concierne hemos recorrido un enorme trecho. Y se ha avanzado, no decimos crimen pasional (la pasión como algo letal: qué peligro) ni creemos que los pasos que se dan para proteger a las víctimas culpabilizan a los hombres, sino que les invitan a ser parte de la solución. Se ha conseguido cambiar mucho, eso es innegable. Y sin embargo escuché a un compañero decir que el crimen de Almería es la obra del mal. Que el mal existe. Y es verdad. Pero no es un mal inevitable, porque existen patrones que se repiten y de los que estamos más que avisados. Sabemos que afrontar la violencia machista no es fácil, que el trato con las vÍctimas es complejo, que su protección depende de muchos factores y de muchos recursos. Sobre todo, recursos. ¿Cuántos especialistas se han contratado en los juzgados? ¿Cuántos asistentes sociales hemos incorporado al sistema público? ¿Cuántos cursos de formación se dan a sanitarios, a personal de los servicios jurídicos, a los funcionarios, a las fuerzas del orden? ¿Cuánto invertimos en evitar que las víctimas estén aisladas, se asocien, salgan de su cárcel? ¿Cuál es el balance de lo que se hace? ¿Dónde está la evaluación de esa inversión pública que tanto decimos nos importa? Existe el mal. Y su aliada la molicie, la hipocresía institucional. La mano que recorta y la que se da golpes de pecho. Y eso sí nos retrata. Como sociedad. Qué mal.

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