La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Los médicos de la privada también sufren

Cuatro ginecólogos tuvieron que reducir a un veinteañero envalentonado que exigía entrar en la consulta con su mujer

Los médicos de la privada también sufren Los médicos de la privada también sufren

Los médicos de la privada también sufren

El trabajo debe ser una fuente de bienestar, sobre todo si se evalúa desde una perspectiva cristiana. Nadie acude a cumplir sus obligaciones laborales para retornar a casa triste, melancólico y agredido. Así volvieron esta semana a sus hogares varios ginecólogos del centro sanitario Santa Ángela de la Cruz. Algunos no se enteran, o no les interesa enterarse. Ni la sanidad ni la enseñanza privadas son cosa de élites por mucho que la demagogia al uso las quiera encuadrar en servicios estrictamente destinados a un público "pijo". Un médico de un seguro privado cobra diez euros por una consulta.

La gente ignora que ningún galeno se hace rico viendo pacientes de una compañía de seguros de las que tiene clínicas con una sala de espera de sofás mullidos. Y encima tienen que acabar reduciendo a un matón que exige entrar con su mujer en la consulta en contra de los criterios arbitrados para evitar el contagio del Covid por acumulación de aerosoles. Cuatro profesionales tuvieron que soportar el lunes un numerito de insultos, chulerías y otras muestras de gamberrismo barriobajero a cargo de un veintañero que estaba desatado. El guardia de seguridad privada no fue suficiente para atajar el problema. Se presentó la Policía Nacional e impuso la paz. Tuvieron que acudir varios patrulleros que se marcharon al quedar resuelto el problema. El tipo volvió al rato con su mujer y de nuevo volvió a provocar a los médicos. Con manifiesta frialdad y premeditación. Sí, todo ocurrió en un centro sanitario privado. No en las Urgencias del Virgen del Rocío, ni en las consultas del Macarena. Ya no había agentes entonces. Los propios médicos se las apañaron para contener al energúmeno.

La paciente tuvo que ser atendida, pero por otro médico, pues el que le correspondía se negó. Todo resultó un espectáculo tan tenso como bochornoso, revelador de hasta qué punto los médicos están expuestos, el concepto de prestigio y autoridad están absolutamente perdidos y la mala educación impera en cuanto nos toca relacionarnos en comunidad. La sensación de los galenos al final de la jornada era de abatimiento. Ni las contusiones, ni las magulladuras, ni los nervios habían hecho tanta mella como ese sentimiento de impotencia de quienes acuden al trabajo para atender, curar y mimar a sus pacientes y acaban en lo alto de un tipo violento para retenerlo hasta la llegada de la Policía. Sigan hablando irresponsablemente de pijos, cultivando el buenismo, haciendo la vista gorda y tratando de tú a todo el mundo. Así hacemos cada día una sociedad mejor. Un solo tipo en alianza con su acompañante se cargó la jornada de un centro sanitario.

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