Tribuna

José Fernando Gabardón de la Banda

Historiador del Arte

Las monjas que quedaron en mis recuerdos

Monasterio de Santa María del Socorro. Monasterio de Santa María del Socorro.

Monasterio de Santa María del Socorro.

La ciudad está llena de reencuentros que ya quedan atrás. Espacios vividos que quedan en el fondo de tu conciencia, que reflejan en tu alma el sentir de la vida; el paso del tiempo. Recuerdo que eran los años de mi formación universitaria como historiador de arte, en ese momento de la vida en que tuve la fortuna de ir descubriendo ante mis ojos los tesoros recónditos de esa Sevilla conventual íntima, complaciente, en la que el tiempo se había paralizado en la búsqueda de la eternidad. Recuerdo que aquel día descubrí un precioso rincón en el seno del barrio de San Marcos, uno de esos lugares recónditos de esa Sevilla conventual que ha permanecido en el presente, como recuerdo de un pasado de esplendor, el monasterio de Santa María del Socorro.

Recuerdo que la puerta de la iglesia estaba abierta, y dada mi curiosidad innata, crucé su umbral. No sé si me encontraba ante una de esas escenas que inmortalizó la pintura de Alfonso Grosso o Rico Cejudo, o las letras de Cernuda; lo que sí sé, es que me dejó marcado para toda la vida. Aquel día contemplé por primera vez aquellas monjas ubicadas en el coro bajo, al fondo de la única nave, vestidas de blanco y azul, colores que un día Beatriz de Silva impregnara a la nueva orden, las concepcionistas.

Una de aquellas monjas se acercó a mí, Sor Jesús María, una de esas mujeres que probablemente no aparecerán en la macro historia de la ciudad, pero que dejan su huella en la historia íntima que se instala en nuestra propia alma. Sería precisamente aquella mujer quien me hizo admirar por primera vez la preciosa imagen de alabastro. La Virgen de Santa María del Socorro daba nombre al convento, aquellos tesoros recónditos que guardaban en el interior del coro bajo y del propio claustro. Aquella mujer fue la que me dio a probar aquellos manjares celestiales, los pastelillos que todos los días elaboraban con sus manos para poder sobrevivir.

Al cabo de los años, ya cumplido los cincuenta, cruzo el umbral de las puertas del convento y rememoro aquellas mañanas de sábado en las que nos reuníamos un gran número de personas y contemplábamos los tesoros artísticos del convento. Recuerdo la sonrisa de mi madre cuando escuchaba a aquel muchacho amante del arte que intentaba transmitir la grandeza de aquel convento fundado en los inicios del siglo XVI y, como no, rememoro la figura excepcional de aquella monja de mirada desviada, Sor Jesús María, quién me enseñó a valorar los misterios del mundo espiritual. En los próximos días sus puertas se cerrarán, ya no podré cruzar más su umbral. La puerta de aquel pasado que con tanta nostalgia recuerdo, se cerrará definitivamente. Es la historia de un convento y con ella se va una parte de mi vida.

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