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La lluvia en Sevilla

Las normas del bar

Desde el Covid, cada bar ha barroquizado sus propias normas, así no tengan que ver con la pandemia

Si llevaré tiempo sin adentrarme en un bar, que todavía no he tenido ocasión de enseñar el pasaporte Covid. Sí que me he plantificado en algún velador al aire libre. Me encastillo en una banqueta y, de un tiempo a esta parte, me proclamo egoístamente pasiva: espero el momento en que, quienes me acompañan, traten de de averiguar qué normas rigen en el establecimiento. Yo ya ni me unto, que alguna vez he acabado discutiendo con el propietario. Es propio de los bares de Sevilla, y puede que también de otras partes de Andalucía, que cada cual tenga sus reglas a la hora de solicitarles mesa, usar el baño, fumar, pedir la comanda, pagar. Sucede que, desde que llegó el Covid, y en cada una de sus oleadas enloquecedoras, las normas de cada sitio se revisan, cambian, reinterpretan y sofistican hasta el barroquismo. Así no tengan que ver, o no del todo, con las medidas de la pandemia. Como digo, cada bar tiene las suyas, y no pienso discutirlas, vaya a ser que alguien piense que trato de imponer cualquier cosa, que "la libertad" de un tiempo a esta parte parece conllevar no rechistarle a nadie en lo tocante a su negociado, ni siquiera para dar ideas. Sencillamente quedo a la retaguardia, sentada como la Virgen de los Reyes, hasta que mi acompañante aprenda cómo funcionan las cosas en el sitio donde estamos.

Los botellines hay que cogerlos en la ventanilla, pero las tapas las traen. En cuanto a los tenedores y los picos, hay un vacío legal, no sabemos si esperar o acercarnos a la barra. Lo que te falte no se lo pidas a otro, sino al que te atendió, que el pobre habrá saltado a una dimensión paralela, porque hace ya que no lo vemos... Servilletas vuelve a haber. Platillos para que cada cual se sirva, en vez de churretear la media ración en común, depende. Los ceniceros han dejado de existir, pero la gente fuma: colillas al suelo. Cambiar de bar conlleva aprenderse nuevas reglas. En este otro, a diferencia del anterior, que va únicamente por reserva, la mesa hay que pillarla por concurso, y para fumar te tienes que ir a la pared de enfrente. A por las tapas hay que acudir cuando grite tu nombre una voz oracular, y la bebida te la trae cualquiera de las camareras que pasen. Aquí no te cobran las aceitunas, pero hay que pagar por adelantado. No hay cartas, sino un código QR plastificado que, como la farsa monea o la llave del baño, va de mano en mano. En el apartado tostadas, una media es un misterio insondable, pues suele ser (pero no en todos sitios) un panecillo entero.

En alguna ocasión me han reñido por incumplir unas normas que desconozco, y ello -me recitan el artículo 6 del Código Civil- no exime de su cumplimento. Me atrevo a sugerir que sería bueno cierto acuerdo y concierto. Mientras tanto, continuaré a la retaguardia.

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