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José Joaquín Parra Bañón

La nostalgia es dos casas

'El efecto del testigo': exposición de Rafael Pérez Cortés y Yassine Chouati, comisariada por Mar García Ranedo y Mercedes Espiau

Del 16 de enero al 20 de febrero de 2026 | Galería Espacio Derivado de Sevilla

Exposición 'El efecto del testigo' en Espacio Derivado
Exposición 'El efecto del testigo' en Espacio Derivado

08 de febrero 2026 - 13:47

«(Porque esa rabia es todo lo que tengo»)|| El poema hila el silencio | entre dos casas | inexistentes», escribió María Negroni en un poema de Escenas de lenguaje. Hay, fue o podría haber sido rodada, una película en la que una mujer rompe una copa y recoge los fragmentos de vidrio y los introduce en los bolsillos de un abrigo que no es suyo. Hay, colgado en la sala del fondo del patio de la galería Espacio Derivado, un saco de boxeo al que Rafael Pérez Cortés le ha incrustado cientos de esquirlas cristalinas. Son las espinas de una ceiba furiosa, las púas de las concertinas fronterizas, las navajas de las albardillas de las tapias antiguas de Chiclana. El abrigo conteniendo los dos puñados de agujas y de cuchillas de vidrio cuelga en el guardarropa de una sala de conciertos de Viena. Cuando la pianista, al finalizar la función, lo recupera y se protege con él, cuando sale a la calle y siente el helor de la noche, mete sus manos desnudas en los bolsillos del abrigo y se raja las palmas y las yemas indefensas de sus diez dedos párvulos. El saco de la autolesión del artista, el péndulo del martirio, está suspendido del techo de la sala serliana por tres cadenas. «Voy a quedarme dormida | en un bosque de vidrios» escribió Negroni en otro poema.

Fue Caspar David Friederic el primero que pintó la silueta de un monje mirando al mar: un mar verdoso, inquietante. Una figura de espaldas frente al horizonte, diminuta entre un cielo grisáceo abrumador y una playa desapacible. Yassine Chouati es otro Monje a la orilla del mar: de otro mar que se proyecta en la sala más extrema de Espacio Derivado, al fondo de la casa, como si el artista quisiera esconderse y fusionarse con el muro de ladrillo que arruga la imagen. La luz humedece las llagas de la pared y le añade ballenas infantiles, peces prestados del jersey del huérfano que tal vez mira, quién sabe si hacia el lugar al que quiere ir, o quizá hacia el sitio de donde procede.

Tiziano, cuando la artrosis y la vejez le impidieron usar el pincel, decidió pintar con los dedos. Sin intermediarios. Pintó árboles inverosímiles al borde de los acantilados y cuerpos. Las ninfas desnudas, los faunos rijosos, no eran más que una excusa. Revistiendo una pared de la sala más blanca de Espacio Derivado hay una lona en la que Pérez Cortés decidió imprimir una imagen que no le desvela su contenido a los espectadores. La tela de plástico desfonda la habitación. A un palmo de distancia, la fotografía borrosa mezcla píxeles y perforaciones; a diez pasos, las machas son luces y son sombras, y son masas que tanto aluden a las explosiones atómicas como a la arquitectura y al follaje, a los asentamientos efímeros y a la barbarie. Lo que tienen en común el volumen del Saco interferido, la proyección Mi piel es mi hogar y la impresión titulada Archivo interferido, es la rabia y el deseo de dejar de ser cosa o idea para ser sangre y nervio, y tal vez casa sin nostalgia. También el que Espacio Derivado, en su reiterada apuesta por lo difícil, en su inusitada preferencia por la economía de lo que no se pierde, les haya dado continuidad y cobijo.

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