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Acuantos piensan que la política de nuestros días ha alcanzado un grado de falsedad insuperable, desconocido hasta ahora, les convendría leer un viejo opúsculo atribuido a Jonathan Swift, El arte de la mentira política, publicado en 1733, y cuya verdadera autoría corresponde a John Arbuthnot, un médico escocés tan celoso de su anonimato como magistralmente dotado para la sátira.

Parte el escrito de una constatación fáctica. "Todo el mundo miente: los ministros engañan al pueblo para gobernarlo y este, para librarse de aquellos, hace circular chismes calumniosos y falsos rumores". Sentada esta premisa, surge la pregunta esencial: ¿conviene engañar al pueblo por su propio bien? La respuesta de Swift-Arbuthnot es afirmativa: dado que es mucho más difícil convencer a las masas de una verdad saludable, debe ser a través de la mentira, también saludable, como se ejerza un poder provechoso y benéfico. Por supuesto, el propósito tiene sus reglas. De inmediato se nos ilustra sobre los tres tipos de mentira política: la difamatoria, que disminuye las cualidades del adversario; la mentira por aumento, que agranda las virtudes del amigo y los defectos del enemigo; y la mentira por traslación, que transfiere los méritos y deméritos de los unos a los otros. La experta combinación de estos tres elementos, incluso generando mentiras mixtas, garantiza una trayectoria pública exitosa.

No faltan tampoco consejos y advertencias: nunca se ha de rebasar el límite de lo verosímil; de igual modo, los que anuncian prodigios deben ajustarlos a un tamaño razonable y dilatarlos en el tiempo; interesa organizar una cohorte de incondicionales crédulos que propaguen las falsas noticias que la superioridad inventa; y urge, en fin, que todo líder que se precie no acabe creyéndose sus mentiras: nada hay más peligroso que un dirigente engatusado por sus propios embustes.

Sorprende que en una obrita que tiene casi trescientos años se describan con tanta precisión conductas de plena actualidad. A cada uno de sus párrafos podríamos ponerle nombres y rostros de hoy. Se han agrandado los foros y perfeccionado los medios. Pero el método, que con genial ironía se desenmascara en letras tan lúcidas, se sigue utilizando con contumacia. A lo peor es que la política fue y continúa siendo sólo eso: un juego de poder y de ambiciones que germina en la falacia y se agosta, siempre y sin remedio, frente al temible horizonte de la verdad.

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