la esquina

José Aguilar

El obispo enamorado

LO peor del caso del obispo argentino Fernando Bargalló es que mintió sobre sus relaciones con la atractiva divorciada con la que fue fotografiado bañándose en la playa y en actitud cariñosa. Cuando salieron a la luz las fotos -que no son de ahora, que es cuando sus enemigos las han sacado- dijo que era una amiga de la infancia y que, aunque inconvenientes, las imágenes no eran lo que parecían.

Pero sí que lo eran: reflejaban a dos amigos de la infancia, que fueron novios durante la adolescencia, hasta que él se fue al seminario y acabó siendo sacerdote -como tal casó a su antigua novia y bautizó a sus tres hijos- y más tarde obispo (y presidente Cáritas en Latinoamérica). Dos amigos que se reencuentran cuando ella quedó libre, por divorcio, pero él seguía atado por su compromiso, completamente voluntario, de entregarse a Dios en cuerpo y alma.

El reencuentro avivó el amor adormecido y monseñor Bargalló vivió un romance adulto con su ex novia de juventud. Momento en que los enemigos políticos de este obispo moderado pero socialmente inquieto y comprensivo con los curas progresistas de su diócesis de Merlo -la prensa argentina señala al alcalde local- le hicieron seguir y espiar hasta fotografiarlo en compañía de ella mientras se bañaban y jugaban en un hotel de lujo en México. Las fotos delatoras han conducido a un final inevitable: renuncia del obispo en aplicación estricta del Código de Derecho Canónico. Fue absurdo, y patético, que en un primer momento accediera a leer un comunicado tratando de negar la evidencia, porque la evidencia te persigue más allá de tu deseo de exculpación y por encima de las atenuantes verídicas o inventadas.

Desgraciadamente el Derecho Canónico que rige la vida de los eclesiásticos no recoge como causa grave de privación de la condición de sacerdote u obispo conductas escandalosas relacionadas con la moral ciudadana. Por eso el escándalo sentimental y sexual del obispo Bargalló se ha castigado con la severidad que nunca aplicó la Iglesia católica a sus jerarcas que sacaron bajo palio al carnicero Jorge Videla ni a los sacerdotes que en aquellos años sombríos de la dictadura militar bendijeron los vuelos de la muerte, consolaron espiritualmente a los verdugos o estuvieron ciegos, sordos y mudos cuando las familias del régimen arrebataban sus hijos recién nacidos a los presos políticos torturados.

Claro que todo esto ya lo sabía el obispo preocupado por los pobres de la periferia de Buenos Aires, y también sabía que, mientras la Iglesia católica no cambie radicalmente, un obispo no puede tener un romance con una mujer adulta de la que se enamoró siendo adolescentes. Y menos aún si sus enemigos lo fotografían.

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