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En tránsito

Eduardo Jordá

El orden de los nombres

HE olvidado muchos de los apellidos del colegio, pero aún tengo en la cabeza una especie de listado alfabético que podría recitar de carrerilla. En mi época se pasaba lista y los alumnos teníamos que levantar el brazo. También se nos asignaba un lugar en la clase en función de nuestro apellido, así que el orden alfabético se convertía en un modelo organizativo que nos iba asignando un lugar en la clase, cosa que equivalía a adjudicarnos un lugar en el mundo. En alguna noche de insomnio me he recitado esos listados de nombres, porque su simple enumeración me trasmitía una idea de orden que me desmentía todas las amenazas de desorden que yo veía a mi alrededor. En esas listas cada uno de nosotros estaba en su sitio, y como la vida no había empezado a hacernos trastadas, ni nosotros habíamos empezado a hacérselas a la vida, cada uno ocupaba el lugar que se merecía, un lugar en el que todos parecíamos inmunes a las equivocaciones.

Lo digo porque el nombre que llevamos es inseparable de una idea de orden. Esa idea puede ser justa o abusiva, pero es la que hemos adoptado desde hace mucho tiempo para facilitarnos la vida. Fijar una identidad invariable -una identidad que se establecía de forma irrevocable en forma de nombre y dos apellidos- sirvió para evitar que cada uno tuviera un nombre fluctuante, que podía depender del apodo que le atribuían sus vecinos o bien de las circunstancias impuestas por el lugar de procedencia o por un rasgo físico. Y eso era lo que sucedía entre nosotros hasta que se adoptó la costumbre de imponer el nombre y los dos apellidos en los registros de bautismo, y luego en el Registro Civil (cosa que no sucedería hasta el siglo XIX).

Si se eligió un orden patrilineal antes que matrilineal, fue porque la línea de sucesión era la del varón. Y este orden patrilineal prevaleció entre nosotros hasta 1999, cuando una reforma permitió alterar el orden de los apellidos. Ahora parece que una nueva reforma impondrá el orden alfabético si los padres no se ponen de acuerdo. Todo eso es fascinante para construir una novela, pero crea un desorden nominal que puede alcanzar proporciones desternillantes cuando se intente seguir una genealogía o probar en un juicio el parentesco que existe entre un testigo y un acusado. Si queremos evitar la injusticia de que el apellido del padre anteceda al de la madre, bastaría anteponer por ley el apellido materno al paterno. Así tendríamos un nuevo modelo sobre el que fijar todas las líneas de parentesco. El mundo está hecho de reclamaciones y litigios, esas cosas que nos quitan el sueño y nos hacen recordar con envidia el orden primigenio que reinaba en el listado alfabético de nuestra clase. No parece muy inteligente embarullarlo aún más.

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