Mucho más que un parque

María Luisa es un gran palimpsesto, en el que se escriben nuevas páginas sin borrar las anteriores

El Parque de María Luisa no necesita apellidos, porque es mucho más que un parque para recreo y juegos, mucho más que un jardín romántico para el paseo, mucho más que un conjunto de pérgolas y sitios sombreados para el descanso, mucho más que un conjunto de glorietas para homenaje de nuestros ilustres desde la infanta a Gustavo Adolfo y los Álvarez Quintero, mucho más que un entretejido de recuerdos e ilusiones infantiles estrenando patines y bicis el día de Reyes, mucho más que un lugar para una cita amorosa, mucho más que un tapiz verde para ejercicios del cuerpo, mucho más que una pista para correr o pasear en bicicleta, mucho más que un lugar para aprender y disfrutar de árboles, arbustos y flores, mucho más que un lugar para estudiar y apreciar la cerámica popular sevillana en múltiples versiones, blancas, azules, ocres y carmesí en azulejos, olambrillas, escuadras, jarrones o ranas. Mucho más que edificios magistrales que lo abrochan de norte a sur, mucho más que un vermut en el Bilindo o una velada nocturna en el Alfonso, mucho más que un álbum familiar de fotografías en blanco y negro para revivir correteos detrás de las palomas y abrazos de padres y hermanos, mucho más que cartuchitos, mitad para nosotros, mitad para los patos del estanque, mucho más que nostalgias de adolescentes que fueron y primeras experiencias de adolescentes que son. Todo eso y mucho más que pueden escribir en los renglones en blanco de su mente.

Porque el parque es un gran palimpsesto sevillano, en el que se han escrito y dibujado nuevas páginas sin casi borrar o tachar las anteriores como hacían en los antiguos pergaminos. Sobre varias arboledas y huertas frutales colindantes a San Telmo, los Montpensier encargaron al ingeniero agrícola André Lecolant que realizara un jardín romántico, con estanques de patos y pajareras, con quioscos de cúpulas y arcos morunos y rincones de rocallas que asombraron a los invitados de los duques, cuando tenían pretensiones de reinar. Sobre ese jardín la ciudad, al recibir el legado de la infanta, pudo encargar a Jean Claude Nicolas Forestier, el gran diseñador de nuevas naturalezas, que hiciera un parque para la ciudad. Gran acierto de nuestras autoridades buscar al mejor, que trazó con pulso firme nuevos ejes y caminos que organizaron el jardín privado como parque público y combinó sabiamente árboles de porte con pequeñas pérgolas y lugares a la vez que surgía un eje central desde el Gurugú y la fuente de los leones. Todavía nadie me ha sabido decir con certeza si los majestuosos eucaliptos los plantó Forestier o ya estaban cuando llegó. La mano firme de Aníbal González hizo posible que una gran exposición se asentara sobre el parque aportando el valor de las arquitecturas sin quitarle nada. Todavía se pueden reconocer todos los trazos cuando se mira a través de las plantaciones y construcciones. Porque el parque es todo eso y es una idea que abre nuestra mente cuando alguno de nosotros dice: ¿vamos al parque?

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