Donde pasan cosas

Gloriosa barra del pasado.
Gloriosa barra del pasado. / JW

07 de febrero 2026 - 05:31

FUE el cocinero Paco Ybarra quien dio en la clave de por qué la pérdida de las barras en los bares sevillanos es una tragedia cultural. “Las barras son sitios donde pasan cosas”, nos dijo en cierta ocasión que lo entrevistamos. Voilá. Con las pantallas, los maratones de series, las mantitas y todas esas memeces cursis cada vez tenemos menos oportunidades de que nos pasen cosas. Las barras de los bares, las que quedan heroicas como alcázares sitiados, siguen siendo campos de batalla donde se dirime el derecho a una vida real, donde comparecen el amor y el odio. Pero hay otros lugares donde también es posible la aventura. Es el caso de las librerías de viejo. No hay una sola vez que hayamos entrado en una de ellas sin que nos hayan pasado cosas: una conversación definitiva, una epifanía literaria, una mirada turbadora, un encuentro inesperado y, como en los bares, algún conato de duelo. El pasado martes, sin ir más lejos, nos pasamos por la librería de Antonio Castro, uno de los decanos del gremio, quien una vez más nos introdujo en el almacén de su librería, esa gruta de las maravillas en la que, como en el cuento de El barril de amontillado, de Poe, te podrían encerrar (y asesinar) sin que nadie te encontrase nunca jamás. Antonio Castro, como tantos de su tropa, tiene sus arrebatos de generosidad. Así dedicó un rato a enseñarnos volúmenes trabajados por Galván (el taller gaditano que encuadernó la Constitución de 1978) y, sobre todo, nos regaló El vino trago a trago, obra del excéntrico y algo gamberro periodista y escritor Xavier Domingo, uno de los últimos retoños que dio la gran literatura gastronómica española y que en gloria esté. Este libro, que pertenece a la colección Textos Lúdicos de Pantagruel de Ediciones Dédalo, está publicado en 1980, por lo que nos sirve para comprobar lo muchísimo que ha evolucionado (para infinitamente mejor) el sector del mollate en España. Pero también hay inercias que continúan fatalmente, como esa de, argumentando cuestiones de elegancia, no dejar la botella de vino sobre la mesa, con lo que uno tiene que esperar a que venga el camarero del catering a servirle cuando se le acaba la copa, algo que los muy ladinos intentan atrasar lo máximo posible, lo que para los caracteres sedientos es terrible. Lo diremos en palabras de don Xavier, siempre sabio: “eso se justificaba en los restaurantes lujosos de principio de siglo, cuando cada mesa disponía de tres sirvientes, uno de los cuales se encargaba únicamente de escanciar”. ¡Ah, hermano, aquello sí que era vida! Una mesa con las copas vacías es como un bar sin barra: un lugar donde no pasan cosas. Tome nota quien corresponda.

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