TIEMPO Bajo de Guía se tiñe de blanco tras una impresionante granizada

Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

De perfil

La falta de una estrategia nacional para la vacunación demuestra que vamos sin rumbo e improvisando

Por si alguien tenía alguna duda del caos que está siendo la gestión de la pandemia, con el Gobierno de la nación puesto de perfil y las autonomías tirando cada una por donde sus propias conveniencias o capacidades les dictan, ahí tienen lo que está pasando con la distribución y la administración de las vacunas. Lo malo es que la vacunación iba a ser el proceso crítico con el que tendríamos que ir ganando parcelas de normalidad social y económica y manteniendo a raya una tercera ola de contagios que, por lo que parece, va a ser más virulenta que las dos anteriores. Y lo peor es que, en este caso, la lentitud y la falta de coordinación se paga en vidas humanas y en miseria económica. Que a estas alturas no se haya diseñado una estrategia nacional por parte del Ministerio de Sanidad, más allá de señalar los grupos prioritarios de ancianos acogidos en residencias y el personal encargado de atenderlos, demuestra que vamos sin rumbo, improvisando de un día para otro. Eso explica que en unas comunidades las primeras remesas sigan almacenadas mientras otras las han agotado o que en una se vacune siete días a la semana mientras en otras no se inyecte a nadie los festivos y los fines de semana. Un Gobierno que tuviera la sartén por el mango -en este caso no tenerla es una irresponsabilidad manifiesta- hubiera puesto todos los recursos disponibles al servicio de un proceso en el que nos lo jugamos todo. Desde la movilización de la sanidad privada a la utilización del Ejército -que ya ha demostrado en esta pandemia su operatividad y su capacidad de sacrificio- o de las oficinas de farmacia si hiciera falta.

Como ya se ha demostrado varias veces a lo largo del año que llevamos padeciendo esta calamidad, el modelo autonómico ha revelado muchas debilidades a la hora de afrontar un problema tan complicado de gestionar y con tantas derivadas. Desde la finalización del primer estado de alarma y después de que Pedro Sánchez proclamase que el virus había sido vencido -con la perspectiva de lo ocurrido en los últimos seis meses resulta más trágico que patético- el Gobierno que preside decidió dejar en manos de las autonomías el día a día de la crisis mientras ellos, y en especial el ministro de Sanidad, se dedicaban a la propaganda.

Si los cuellos de botella y las ineficiencias en la vacunación no se resuelven ya y los contagios e ingresos hospitalarios avanzan a la velocidad que apuntan los datos de los últimos días vanos a tener una situación crítica muy pronto. Y esta vez la frustración de la gente, cansada ya de esta larga situación, puede incrementar peligrosamente el desapego que ya hay sobre la política y los políticos. La situación sólo admite que se empiecen a hacer la cosas bien.

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