Todas las columnas de opinión están coronadas por el faro o farolillo del titular. La mía -que es de ustedes ahora que la leen- en este viernes de Feria lleva como portada el título de unas sevillanas del cantautor Daniel Mata, en las que homenajea a tantas sevillas como hay en Sevilla. Durante estos días, este título ha acompañado mis pasos por la ciudad pues, por una cosa o por otra, he rondado el perímetro del real pero no lo he pisado. Lo mismo que se hacen crónicas, acompañadas de reportajes fotográficos, del ambiente, el color y la alegría de la Feria, pueden escribirse y dibujarse aguafuertes de la ciudad que -despojada de sus rutinas, callada y lenta- se disfruta en estos días. En varios momentos del año, Sevilla vive metamorfosis sutiles; no sufre cambios en su fisonomía y sin embargo parece una ciudad distinta.

Durante la Feria, intramuros tiene algo de extramuros y viceversa. En las mañanas, los transeúntes caminan notablemente más despacio -casi pasean- bajo las jacarandas. En la azotea, tres mozuelas tempraneras con acento de Madriz se están haciendo el moño. No pocos caballos -de potencia- del autobús que deja en el ferial han reventado; una grúa gigante los arrastra al desolladero. Las guitarras sobre el sofá tienen resaca. Las historias de las amigas, de vuelta de su gran noche, me dan para un libro de relatos. El mandil de esa rumana tiene volantes. Tras las cristaleras de un gimnasio del Alfaraje, una señora sola, vestida de runner, toma ventaja sobre las demás corredoras, que están comiendo queso en la caseta. Camino del centro, la ciudad se me antoja más oscura. Se me viene a la cabeza esta noticia: "Sólo seis policías defendieron la Sevilla que no estaba en la Feria de Abril la noche del pescaíto". Aunque no hay quien pille un velador a las puertas del Mariano, la ciudad parece a la vez poblada y sola. Es como si la gente que está en las casetas hubiera dejado su sombra en las calles del barrio. En la taberna Gonzalo Molina, un cabal se ha arrancado por derecho. Se arriman al cante algunos viejos. A pocos metros, sale por un balcón el swing en vivo de una trompeta y una guitarra entonando Ochi chórnyie. De vuelta a casa a las deshoras, a contracorriente de quienes regresan a la suya de la Feria, el cielo de Los Remedios está iluminado.

Como en círculos concéntricos, también hay periferias dentro de la Feria, algunas de ellas de difícil di-solución. Otras en cambio, tienen arreglo: este año, por cuatro horas -muy pocas me parecen- los niños autistas han podido montarse en los cacharritos; las gentes en sillas de ruedas han podido ir a la noria; en el punto morado acompañan y ayudan a cualquier mujer que sufra agresión sexual o acoso. Las celebro.

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