Antonio MOntero Alcaide

Escritor

El pez grande

Verdad es que el pez grande se come al chico, pero algo podrían evitar los peces gordos

La metáfora del pez gordo es de uso más o menos común, sin elaboradas comparaciones, e incluso académicamente se considera en el caso de personas de mucha importancia o muy acaudaladas. Esta segunda cuestión resulta bastante más material que la primera. Porque la importancia -a veces emparentada ilegítimamente con la fama- es materia de carácter relativo. Julián Marías -filósofo de guardia que alumbró con acierto y sabiduría no pocas dialécticas y controversias- solía expresar cómo de inoportuna era la atribución social de notoriedad. De tal suerte que parecían importantes, acaso por influyentes o famosos, muchos mortales a los que más sensato sería atribuir poca o ninguna importancia.

El pez grande es otra cosa -o no-. Y la paremia a que lleva asimismo popular e inexorable: el pez grande se come al chico. No solo por un cierto darwinismo evolutivo que pudiera asimilarse a la ley de la selva, sino porque, incluso con la excusa de la ya mentada relatividad, verdad es que el tamaño importa. Un siluro de casi dos metros de longitud y cien kilos de peso ha sido capturado aguas abajo de la presa de Alcalá del Río y en Doñana diríase que un comité de expertos -todavía sin portavoz gastado de comparecencias y en busca de redención- está considerando aplicar el confinamiento a la fauna piscícola que se avecina en los atlánticos arrabales del Guadalquivir, menos salinos cuando baja la marea. Este pez grande, de agua dulce, oriundo de los ríos del centro de Europa, donde debía haberse quedado si no fuera porque unos pescadores quisieron darse un homenaje en el Ebro, es un voraz depredador que casi deja sin barbos ese río y buena parte del Duero y del Tajo. En el pantano cordobés de Iznájar, también pareció introducirse a propósito de la pesca deportiva. Y asimismo siluros aparecieron en el sevillano embalse del Gergal. No son caprichosos estos peces descomunales en su dieta y la carta de las marismas del Guadalquivir les hace la boca agua, aunque generalmente la tengan en ella. Porque estos bicharracos también pueden salir saltando del agua y embaularse palomas o patos desprevenidos. De modo que las delicatessen de las cercetas pardillas, las malvasías, los porrones pardos o las fochas cornudas pueden quedar esquilmadas por la glotonería de los siluros. Un ejemplar como el capturado come cada día dos kilos de lo que haya o encuentre y el Bajo Guadalquivir es una despensa variada y surtida.

Ante esta depredación esquilmadora, cuestión será de reclamar a los peces gordos que se las valgan para que los peces grandes no se coman a los chicos. Asunto peliagudo porque los peces gordos, aunque no tengan que ser grandes, así lo son a costa del aminorado término medio y de la crecida legión de enclenques. Si bien este sea asunto de caudales y no de los peces gordos por la importancia que tengan.

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