La lluvia en Sevilla

Los pies en el suelo

Déjenme que les cuente una vivencia personal, la angustia honda, las horas bisiestas, el final feliz de lo que pudo acabar en desgracia. No la compartiría con ustedes de no considerar que hay historias íntimas que son políticas, encarnadura del estado de las cosas en la polis, que conciernen a la administración de lo diario, pequeño y directo. Ningún gobierno nos afecta y sentimos tan cerca como el del municipio donde vivimos, y ahora -que es la hora de hacer repaso de la gestión de los consistorios y de que, a partir de ello, los candidatos nos cuenten a las claras qué programa y qué modelo de ciudad proponen- quisiera sumar voz a las voces de quienes en toda Sevilla reclaman que nuestras calles sean transitables y habitables.

Mi hermana lleva un hijo en su vientre. Cuando camina, protege con las manos su barriga airosa, sus ocho meses de gestación, sus dos kilos y pico de alegría. Era uno de mayo, día hermoso de primavera, y decidió pasear hasta mi casa. Iba caminando por la acera de San Jorge cuando, una loseta eternamente mal colocada, la hizo tropezar. "Volé", me dijo. Aterrizó estrepitosamente de barriga, girada levemente hacia el costado en un movimiento protector donde se desolló manos y rodillas. Una mujer -se llamaba Alejandra- la recogió del suelo, le dio consuelo, la acercó al hospital con monitores más próximo. Para cuando en el mostrador le explicaban a mi hermana que el seguro no cubría la asistencia en aquel centro, yo ya había batido mi propio récord en carrera de obstáculos en pijama, y estaba junto a ella, pillando un taxi. Pasamos horas de mucha angustia. Ya está en su casa -el niño latiente y dentro- reposada.

En vísperas de Semana Santa, vi un cartel en el suelo, sobre una loseta rota en esa misma calle: "Si te caes aquí, denuncia al 010". Un poco más allá, otro cartel sobre sobre el tronco truncado de un naranjo, al lado de unos macetones que un bar coloca en plena acera para que los vecinos no pasemos y molestemos a los turistas tempraneros que suelen comer allí, se preguntaba: "¿Dónde está el árbol que aquí falta?". Más allá, otro señalaba otro peligro en el pavimento. Los firmaba la Asociación Vecinal Triana Norte. Agradecí para mis adentros aquella acción, que ponía el dedo en varias llagas de la gestión pública. Esos carteles -bien sujetos que estaban- alguien los hizo desaparecer. La semana pasada supimos que el TSJA ha condenado al Ayuntamiento a indemnizar a una mujer que se partió un brazo en un acerado defectuoso. No hay dinero que pueda resarcir el daño que puede sufrir una embarazada que se desploma allí donde puede evitarse fácilmente el riesgo. Sevilla entera merece pisar tierra firme, y un gobierno que -quienquiera que gobierne- escuche atentamente a los vecinos y tenga los pies junto a los nuestros, puestos en el suelo.

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