Los primeros días del 'invierno demográfico'

EL último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre el Movimiento Natural de la Población da razones de sobra para la preocupación. Como ya se venía vaticinando por parte de los expertos, el crecimiento vegetativo (nacimientos menos muertes) de la población española fue negativo durante el primer semestre de 2015, algo que no sucedía desde 1999. En concreto, en España nacieron 206.656 niños y fallecieron 225.924 personas, lo que arroja un saldo de -19.268. En principio, es un número reducido que no debería alarmarnos, pero el verdadero problema es que podemos encontrarnos ante el inicio de un ciclo de franco decrecimiento de nuestra población.

Desde hace años, algunos estudiosos de la demografía vienen advirtiendo de la inminencia de lo que denominan el invierno demográfico. Tras el baby boom de los años sesenta, España habría entrado en un lento pero inexorable decrecimiento de la población que, durante años, quedó camuflado por la masiva afluencia de inmigrantes que buscaban trabajo en la España del milagro económico. Sin embargo, una vez que la crisis hizo acto de presencia y la inmigración decidió marchar a mercados laborales más prósperos, el problema volvería a manifestarse en toda su crudeza. Los nuevos datos del INE apuntarían en esta dirección. El decrecimiento de la población no es una cuestión menor, entre otras cosas porque pilares tan básicos de nuestro Estado de bienestar como el sistema de pensiones dependen de que exista una estructura demográfica piramidal en la que los jóvenes deben superar ampliamente a los ancianos.

Cierto es que también hay teóricos que quitan importancia al decrecimiento vegetativo de la población y confían en que, cuando las cosas vuelvan a mejorar económicamente en España, la inmigración volverá a afluir en grandes cantidades. Pero no se puede esperar que factores externos y que no dominamos nos resuelvan la papeleta. España se debe tomar, por tanto, muy en serio el fomento de la natalidad. ¿Cómo? Desde luego no con políticas derrochadoras e inútiles como el cheque-bebé, y sí con una batería de medidas que van desde ampliar la red pública de guarderías, primar fiscalmente los nacimientos y adopciones (algo en lo que ya se ha dado algún tímido paso), fomentar vía legislación laboral la conciliación familiar, etcétera. No estamos ante un problema coyuntural, sino frente a una tendencia estructural cuya corrección no será fácil. Cuanto antes nos pongamos a la tarea, mejor que mejor.

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