El pueblo de las mantas

08 de febrero 2026 - 03:09

Grazalema es un pueblo admirable. Uno de sus antiguos alcaldes, Antonio Mateos, se empeñó en blindarlo de las modas decorativas de los años ochenta, de aquellos azulejos kitsch que se usaban como zócalos, de los portones de metal y de las locas ideas de los nuevos arquitectos. A la vez, la Junta creó el parque natural de la Sierra de Cádiz, que llevó por nombre el de Grazalema, aunque incluye otros pueblos blancos de tipología igual de cuidada como Zahara de la Sierra, Villaluenga y, en menor medida, Benaocaz, el pueblo donde se refugió un pariente lejano de Carles Puigdemont porque esta comarca gaditana fue tan carlista como el norte de Cataluña. Básicamente era una zona ganadera, si bien Grazalema tuvo una fábrica de mantas que le procuró cierto auge económico, de ahí que se conociese como Cádiz el Chico, nombre que lleva hoy un magnífico restaurante de la plaza del Ayuntamiento. Imprescindibles sus pulpitos de la Sierra, que son los cogollos fritos de las tagarninas.

El parque natural desató tensiones entre sus gestores y algunos sectores económicos, pero décadas después es la historia de un éxito, los bosques se han conservado, han mejorado, el monte ha seguido creciendo y el turismo y la industria del queso de cabra y oveja payoya se ha colocado en los mejores restaurantes del país. Son esos raros paraísos conservados donde siempre se sueña con vivir. La pulcritud de la gente de la Sierra alcanza su cenit en el encalado de las rocas, en las macetas que asoman por los enrejados y en los jazmines que crecen a partir de minúsculos huecos en las calles, todo es de una belleza japonesa.

En verano hemos buscado agua fría para bañarnos en Campobuche, un arroyo que hoy irá a reventar, o en la salida del Bocaleones, que en pleno mes de agosto conserva un caudal asturiano de temperaturas nórdicas. En la sima de los Republicanos nos imaginamos las historias de quienes se refugiaron allí –¿en la Primera o en la Segunda?– y siempre nos quedará la búsqueda imposible de los Santos Lugares, un topónimo espiritual que se escapa a la brújula y al GPS. La Charca Verde, de la que siempre nos hemos reído por su escasa dimensión, será ahora una imponente laguna.

Esta sierra de piedras calizas es hija del agua, de una disolución telúrica de la roca que se ha prolongado durante milenios para erosionar las montañas y sus profundidades laberínticas de simas, ríos subterráneos, cuevas y sifones, de ese mundo oscuro que ha rugido estos días ahíto de tanta lluvia. Volverán los vecinos a sus casas, a sus cabras, a sus ovejas, a sus quesos y a su toro de cuerda, al olor de las chimeneas perennes.

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