Manuel Barea

¿Eso no puede pasar allí? ¿Ni aquí?

Un día en la vida

Hay una corriente cada vez más extendida que contagia su desprecio por la soberanía popular

03 de agosto 2020 - 02:31

En su sátira política Eso no puede pasar aquí Sinclair Lewis adelantó comportamientos muy similares a algunos de los que estamos siendo testigos en la actualidad. La novela del escritor estadounidense, que narra -escrita en 1935- la llegada a la Casa Blanca de un populista y demagogo que implanta un sistema totalitario en su país, parece estos días de obligada recuperación. Trump ha propuesto que se aplacen las elecciones del próximo noviembre. Cuestiona sin pruebas la seguridad del voto por correo, imagina en las sacas un fraude monumental. La mayoría de los estudios serios sobre este particular han demostrado que los niveles de fraude electoral son muy bajos.

La propuesta de Trump, vía Twitter, no tiene precedentes. Pero no sorprende, viniendo de quien viene. Con ella no ha hecho más que volver a demostrar el nulo respeto que tiene por las leyes, pero sobre todo por el país que dice defender y a cuya Presidencia llegó con la intención de devolverle -machacaba una y otra vez en la campaña de la que salió vencedor- su grandeza. Al parecer, la consecución de este objetivo pasa ahora por negarle a sus compatriotas la posibilidad de elegir al presidente. A muchos les parecerá un brindis al sol. Lo es, de momento, Trump no tiene potestad para hacer lo que ha propuesto. Pero convendría no olvidar que más de un festivo brindis inicial ha tenido como dramático fin de fiesta una batalla campal.

Esta, en principio, boutade de Trump no es un hecho aislado. Se incardina en toda una corriente que se extiende cada vez más por todo el mundo con un poder de contagio que, cuando no desprecia por las bravas la soberanía popular, la cuestiona y deslegitima directamente, desalentando a la participación en las urnas y proponiendo alternativas que parecen extraídas de un manual de aprendizaje rápido para dictadores. Ojo que tiene sus partidarios -de lo contrario alguien como Trump no teclearía porque sí ese tuit-. Son esos "tarugos con gorra", según la definición que hizo en su momento de los más fieles seguidores del presidente estadounidense... Steve Banon. Sí, el estratega de su campaña y cerebro de la nueva derecha.

Pasa todo eso estos días en Estados Unidos, del que se dice en la novela de Lewis que "no existe un país en el mundo que se pueda poner más histérico". Puede ser. Pero yo miro el mío y me surgen las dudas.

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