Francisco Sánchez Múgica / Jefe De área De Local De Diario De Jerez

Un 'quejío' cargado de futuro

EN 2003, no hace ni una década, teclear flamenco en Google arrojaba como resultado 1,3 millones de referencias. Así lo pone de manifiesto un estudio de aquel año, El flamenco como recurso económico, publicado por el Instituto de Comercio Exterior de Andalucía. Hoy, el buscador más utilizado de la red ofrece con esa palabra alrededor de 73,5 millones de resultados. Mañana arrojará muchísimos más. Industria cultural, profesionalización, competitividad, autogestión, reclamo turístico, materia de estudios superiores…

La agenda de debate en torno al flamenco ha dado un giro copernicano en los últimos treinta años. La investigación no se centra ya en exclusiva en los aspectos culturales, ancestrales o antropológicos sino que los estudios y las teorías sobre el arte jondo ahora también se encaminan hacia desentrañar y sacar rentabilidad a su enorme potencial económico. Entre letras añejas de soleares o seguiriyas que siempre evocan a una época sepia en la que la queja flamenca malvivía entre gañanías y tabancos, y era mirada con prejuicio y frivolidad en los cuartos cabales de los señoritos, probablemente haya habido poco tiempo para meditar acerca del proceso por el que este género musical con cuna en Andalucía, pero ya totalmente globalizado, pasa a erigirse en motor económico y a ser declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Un vuelco de 180 grados tanto en forma como en fondo, tanto en evolución del hecho artístico en sí mismo como en auge total como negocio.

Esa es la realidad: el flamenco, ahora más que nunca y por suerte o por desgracia, se configura antes que otra cosa como negocio. Una materia prima repleta de inspiración, talento y creatividad que requiere de una sólida y estable infraestructura entre producto y comprador/consumidor que aún a estas alturas sigue en proceso de construcción para competir con otras músicas del mundo que le sacan ventaja en algo tan abstracto como son los mercados. Más allá del reconocimiento de la Unesco en noviembre de 2010 (tras el intento fallido de 2005), que sólo puso el marchamo de oficialidad a una realidad innegable que se ha ido fraguando en todo este tiempo, a la más o menos reciente convención de que la pujanza del flamenco en todo el mundo es sinónimo de rentabilidad económica se ha llegado en algún momento de estos treinta años de autonomía.

Esta expresión artística tan genuinamente andaluza, aunque con un arraigo imparable en otras latitudes nacionales e internacionales -negarlo sería una necedad-, ha experimentado en este tiempo una evolución, un crecimiento y un desarrollo en forma y fondo con poco parangón en sus apenas dos siglos de historia documentada. Y probablemente la evolución artística, especialmente la vinculada con la (re)evolución que ha logrado el baile, haya sido incluso menos significativa en esta etapa que el crecimiento vivido por el arte jondo como show business y vehículo generador de riqueza y empleo de forma directa e indirecta. Quizás puedan considerar exagerado pensar en el flamenco como "lo mejor que Andalucía ha sabido dar al mundo", como sostuvo el presidente Griñán en su discurso de apertura del I Congreso Internacional de Flamenco que celebró Sevilla en otoño pasado, pero desde luego en estos treinta años de autonomía la relación entre el territorio andaluz, sus habitantes y sus instituciones, y una de sus manifestaciones más singulares ha terminado por consolidarse. Hasta tal punto que ya son mayoría quienes, aun sin saber distinguir una soleá de una seguiriya, ven con total nitidez en el cante, el baile y el toque, y toda la industria cultural, de ocio y turismo que les rodea, una de las rendijas, una de las armas, por donde escapar de la crisis a medio plazo y combatir de alguna manera las altas tasas de paro en la región.

Pero no nos hemos dado cuenta de su potencial económico hasta hace relativamente poco tiempo. Después de que unos cuantos intrépidos insistieran durante años y años en que no era concebible que existiesen más peñas y academias flamencas contabilizadas en Japón (en torno a 5.000) que en Andalucía. Un dato nunca cuestionado porque ni siquiera hasta hace bien poco nos habíamos planteado la necesidad de cuantificar cuántas peñas y academias existen en nuestra región. Precisamente, uno de los objetivos del referido Congreso Internacional ha sido el editar un Libro Blanco sobre el Flamenco, que se espera que vea la luz a lo largo de este año, en el que, entre otras cosas, se incluirán datos fidedignos del calado y el impacto total que el arte jondo tiene en la comunidad, bien sea en su vertiente creativa y artística, bien en su apartado ligado al negocio y al tejido productivo. Un tejido que se configura por cada vez más agentes privados que no se dedican ni al cante, ni al toque, ni al baile, sino que son empleados directos del flamenco al encargarse, entre otras cosas, de la intermediación, la programación de espectáculos, la distribución, el marketing, la dirección de escena, la iluminación, la peluquería, de los estudios de grabación, de las empresas textiles y de complementos, de impartir clases en academias y talleres, de la formación en aulas de enseñanza reglada... Artistas, gestores, industria auxiliar, y turismo, mucho turismo de cultura y ocio. Esas son las cuatro piedras angulares de un quejío ancestral e identitario cargado de futuro para la comunidad.

La edad de oro del 'jondo'

El gran aliado del flamenco es él mismo. Su potencial intrínseco y haber sabido fortalecer en las últimas décadas esa respuesta apasionada que recibe de todo tipo de aficionados a escala planetaria. Un vínculo irrompible. No es casual, más allá de la fiebre flamenca en el imperio del Sol Naciente, que en estos últimos treinta años lo mismo haya surgido una Bienal de Flamenco en los Países Bajos que haya brotado otro certamen bianual en Buenos Aires y dos muestras flamencas en Londres y Nueva York. Tampoco es casualidad que cada año acudan al Festival de Jerez, con 16 ediciones a sus espaldas y con el vigor que le otorga ser una de las muestras de mayor enjundia y prestigio del universo jondo, un millar de cursillistas procedentes de más de 30 países de todo el mundo (de Australia a Brasil, de India a Canadá) las cuales se han convertido en la sangre que bombea uno de los proyectos culturales más importantes de cuantos se celebran cada año en Andalucía.

El poder de seducción y atracción de lo flamenco es casi ilimitado y estos hechos concretos lo certifican. Como también es abrumador su potencial e impacto económico. Y sirva también como ejemplo de lo anterior el Festival de Jerez, al que acuden, como se ha dicho, cursillistas de medio mundo que reciben un diploma que acredita que se han formado con los mejores maestros. Un certificado oficial que luego cuelgan enmarcados en academias situadas a miles y miles de kilómetros donde también ellas y ellos hacen negocio con el flamenco en una aldea global donde las fronteras de lo jondo quedan diluidas y esta expresión tan nuestra se convierte en patrimonio de todos.

Hay estudios e informes que dejan a las claras que el flamenco es rentable como industria cultural ligada al turismo de calidad. La demanda de turismo de flamenco en Andalucía, editado hace ocho años por la Junta, revelaba que la comunidad recibió en el año 2004 un total de 626.000 turistas (un 60% de ellos extranjeros) que declararon como principal motivo de su viaje el flamenco, lo que supuso una participación en el total de turistas de la región del 2,84%. Los turistas motivados por el flamenco que visitaron Andalucía generaron unos ingresos de 543,96 millones de euros, lo que significó una aportación de esta tipología a los ingresos turísticos de Andalucía del 3,80%. El espectacular auge que ha vivido el flamenco desde entonces ha sido brutal. Pese a la escasez de cifras oficiales relacionadas con esta materia, hay datos más recientes. La Fundación provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz analizó en 2008 el impacto económico del Festival de Jerez y los datos se mantenían en línea con los anteriores: un elevado índice de visitante extranacional (43%) y un turista con poder adquisitivo medio-alto que invierte durante su estancia en los 16 días que dura la muestra una media de 2.119 euros de gasto privado. Esto supone, como refleja el estudio, un significativo desembolso hostelero (alojamiento y manutención), comercial (todo tipo de compras, especialmente textiles y complementos flamencos), y en definitiva en el sector turístico.

El rol de lo público

Con una cantera casi inagotable y al fin apuntalada la marca que hace que flamenco genuino y Andalucía sean sinónimos, los retos ahora son avanzar en el proceso de industrialización y superar definitivamente otro de los aspectos determinantes que introdujo hace treinta años la constitución de la autonomía andaluza: la gestión del flamenco desde lo público. Como diría José Luis Ortiz Nuevo, fundador de la Bienal de Flamenco de Sevilla (una de las mecas flamencas) en 1980, al arte en general y al flamenco en particular le sobra tanto "proteccionismo oficial desmedido". Si en un principio pudieron beneficiarle, las controvertidas ayudas a la creación, la política de tutela ligada al rédito electoral y el control de los circuitos de programación más importantes han terminado por perjudicar a los propios artistas, muchos de ellos en una guerra permanente con el político por el "acuérdate de mí" y el "¿qué hay de lo mío?". Pero también a un mundo del flamenco en general que ahora, cuando los presupuestos de los carteles de los festivales se ven recortados en una media del 30% y el apoyo público queda relegado al mínimo con los ajustes, tendrá que reinventarse, adaptarse a los nuevos tiempos y empezar a crecer como industria autosuficiente e independiente de las administraciones públicas.

Pese a todos esos contras, sería injusto minusvalorar el papel decisivo que ha jugado la Junta de Andalucía en estos treinta años de autonomía en pos de la conservación, difusión y, más tarde, puesta en valor de un arte singular que tiene que pasar definitivamente de trabajarse en las cavernas (salvo por suerte cada vez más numerosas excepciones) a una profesionalización altamente competitiva que, a su vez, redunde en el propio desarrollo comunitario. En este sentido, la creación del Centro Andaluz del Flamenco (CAF), con sede en Jerez desde 1993 y considerado como el mayor centro documental de arte jondo del mundo, y la constitución de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, fundada en 2005, han sido dos aportaciones fundamentales dentro de las innumerables políticas emprendidas por los diferentes gobiernos andaluces de estas tres últimas décadas para conservar y promocionar esta expresión artística que tanto nos identifica en el exterior.

Así y todo, polémico fue entre 2006 y 2007 que el Estatuto de Autonomía Andalucía se arrogara la competencia "exclusiva" del fomento y salvaguarda de este elemento singular del patrimonio cultural andaluz. Algo que chocó con las visiones de otros territorios autonómicos, como Extremadura y Murcia, que entendían y entienden que también tienen mucho que ver con lo que concebimos hoy como flamenco, una expresión de una dimensión enorme siempre en eterno debate entre la minoría, lo hermético, la pureza, y su propia condición mestiza y universal.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios