Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

"¡Cuánto te quiero Sevilla!" (braguetazo)

La ciudad es estos días muy querida. No pide, como Johnny Guitar, que le mientan, pero lo hacen

Nací en una ciudad que tuvo un alcalde que duró muchos años en el cargo y que se daba golpes de pecho al tiempo que se le inflamaba la carótida como si fuera un bajante atorado cuando quería demostrar cuánto quería a la ciudad, que su amor por ella era insuperable, que él era su primer defensor y su mejor amante. Acabó en la cárcel. Estos días de campaña de las municipales del 26-M también me vienen a la cabeza todos esos alcaldes de municipios de la Costa del Sol y de más al sur que se hicieron con el bastón de mando apelando a la pasión que sentían por el municipio. Lo dejaron en cueros, en la indigencia. También en algunos de estos casos unos pocos fueron a parar al trullo como maltratadores de su amada.

Es público y notorio que la sinceridad no está muy extendida entre los políticos. Hay quien dice que es un tópico injusto del que echamos mano de forma abusiva y arbitraria. Pero no. Es cierto. Y lo sabemos. Lo tenemos asumido. Lo asumimos hace muchos años y ya parece que no hay vuelta atrás. Y no vamos a poner ahora el grito en el cielo por ello. Un político es consciente hoy de que un alarde de sinceridad sólo puede acarrearle problemas. Como mínimo, que no lo entiendan ni sus propios votantes. Así que la única ruta posible es la del arrobo y el enamoramiento.

La ciudad es estos días muy querida. O al menos va a sentirse de esa manera. En estas fechas -ni en ninguna otra- la ciudad no necesita, y no pide, como Johnny Guitar, que le mientan. Pero lo hacen, y va a oírlo muchas veces. Todos van a decirle como un novio empalagoso cuánto la quieren: que ella es el motivo de sus desvelos y que le tienen preparado un futuro mejor, un tiempo incomparable a cualquier otro que haya podido tener. A la ciudad le han salido estos días unos cuantos pretendientes, a la caza y captura de su dote. Tiene que elegir a uno. Y ellos hacen lo indecible por convencerla de que son la mejor opción. Con gritos y con susurros. Viéndolos, escuchándolos, se diría que se han aprendido aquella consigna warholiana de "lo que cuenta no es quién eres, sino quién creen que eres". Lo que les obliga a fardar de una autenticidad que enseguida se deshilacha exhibiendo falsos dobladillos. Porque no hay el mínimo rasgo de modestia ni de pudor ni de humildad ni de recato -o sea, sinceridad bajo cero- en los aspirantes a la hora de reclamar la atención, y sobre todo los favores, de su pretendida. Lo que hay es presunción, zalamería y, por encima de todo, falta de personalidad: todos se copian entre sí. Cambian unas cuantas palabras y las adornan con un embeleso que destila cursilería. Y le hablan a Sevilla de amor mientras sueñan con el braguetazo.

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