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La reina

La reina Sofía ha mantenido elevada su dignidad a pesar de constantes humillaciones

Cuando compadeces a alguien a quien has admirado y respetado mucho a lo largo de tu vida es que ha habido un deterioro sobre esa persona. Del gran aprecio que se le profesaba sólo queda el recuerdo. La pena por ver su imagen, largamente construida a lo largo de los años, se desmorona en un solo instante generado por terceros que borran toda una historia. La reina Sofía, quien acaba de cumplir ochenta años, llega a esta edad recogiendo basura en público, en las costas de Menorca, para concienciar sobre el fin de la existencia de los plásticos, que no se desintegran pero que, a pesar de ser conocido por todos, se siguen tirando al mar, al suelo. En Palacio se ha decidido que sea doña Sofía quien limpie la porquería de los demás. Quizá no sea nuevo éste desagradable trabajo para ella. A la reina emérita se le quiere, se le respeta y admira en España como en el extranjero. Eso lo dijeron el ex presidente Zapatero y Teresa Fernández de la Vega cuando Pilar Urbano publicó, en uno de sus libros, que su majestad había opinado sobre el matrimonio homosexual, el aborto y la eutanasia. Los aros de protección sobre los reyes han ido rompiéndose progresivamente escudados entre la libertad de expresión y la lucha por la instauración de la República en España. A ello contribuyen las publicaciones interesadas en lograr un tuit con réditos económicos y el cambio de los valores fundamentales. Podríamos situarlo entre una imprudencia periodística o su falta de respeto. Desvelar los secretos de la Corona siempre ha sido un necesario objetivo de los pueblos. Mucho ayudó a que la institución se ajustara a normas menos dictatoriales el hecho de conocer la forma de vida de reyes en el pasado. Cuando ordenaban matar, elegir a su corte o dominar a la Iglesia. Lejos de estas formas está la vida de doña Sofía, quien sigue manteniendo la misma sonrisa con la que llegó a España al lado de don Juan Carlos de Borbón. Decían, por entonces, que era sencilla y elegante. Su propio marido, que era una gran profesional. Y cierto es. Habrá cometido errores, faltaría más, si es humana. Pero ha respetado al pueblo al que ha dedicado su vida, para el que ha dado una familia cuyos miembros, algunos de ellos, han cruzado más de una raya. Ella ha respetado muchas normas con fuerza y carácter. Ha mantenido elevada su dignidad a pesar de constantes humillaciones. Considero que, a sus ochenta años, si sigue limpiando basuras mientras sostiene una sonrisa, al menos debería ser correspondida por su pueblo y por quien escribe para este.

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