La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La responsabilidad individual, ja, ja, ja

No hay conciencia de peligro. Se vio en las bullas del sábado. Nos dejan salir, pero no siempre lo permitido es lo conveniente

La responsabilidad individual, ja, ja, ja La responsabilidad individual, ja, ja, ja

La responsabilidad individual, ja, ja, ja

Queda la mar de bien soltar esa reflexión en cualquier foro. Usted lo dice y tiene asegurado que nadie le va a rechistar. Pónganse espléndido sin perder la seriedad: "La inmensa mayoría de los sevillanos se comportan de forma ejemplar durante la pandemia". Hala, ahí lleva cuarto y mitad de buenismo tela de bien despachado y de regalo una bolsa de patatas fritas, que no es lo mismo que de papasfritas, así todo junto, de los que andamos sobrados. Después de pronunciar esa conclusión, propia de un gran orador y de un arriesgado opinador de tertulia, se va usted a la calle una tarde de fin de semana de diciembre y se topa con la realidad. Nos importa un pepino la pandemia porque seguimos buscando la bulla como el pez moribundo en la orilla que busca el agua. No podrá decir que son unos cuantos sevillanos los que abarrotan la Avenida como cada año, ni siquiera aludir a una "minoría irresponsable", lo cual siempre queda muy cívico al igual que esos otros adjetivos del catálogo de lo políticamente correcto.

Cuanto ocurrió el sábado por la tarde en el centro de la ciudad anduvo entre lo temerario y lo irresponsable. No todo lo permitido es conveniente. Podemos salir, claro que sí. Como podemos circular a 120 kilómetros por hora en la autovía, pero no siempre se puede ni se debe. ¿Cuándo nos entraron ganas de contemplar por contemplar las luces de Navidad? ¿En qué momento hicimos de la admiración de las lucecitas un motivo de salida? Tal vez es que no tenemos agenda propia. Salimos a la calle sin criterio, a deambular, a vivaquear, como el que acude a un hotel a que un monitor de ocio lo entretenga y acaba haciendo el indio con extraños ejercicios en la piscina mientras los demás huéspedes tienen que sufrir una megafonía estruendosa. Otra de las consecuencias de la bulla navideña, con o sin pandemia, son las calles más discretas cargadas de orines, a falta de bares a partir de las seis de la tarde.

Sigan, sigan apelando a la responsabilidad individual. Sigan quejándose algunos de los horarios de las tabernas. Aquí todo el mundo necesita cuatro horas para cenar como si fueran patricios en un triclinio. Sigan creyendo que todos somos buenos, conscientes del peligro y responsables. A lo mejor se trata de una mentira que conviene creernos y difundir para seguir manteniendo cierto concepto positivo de sociedad. Una mentira piadosa, que se suele decir. ¡A la calle a ver luces! Y una vez dentro de la bulla, pregunte lo que muchos: "¿Y ahora qué hacemos?". Milagro, será un milagro que no haya repuntes.

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