DERBI Betis y Sevilla ya velan armas para el derbi

¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

No hay que restaurar la capilla de San José

Dejemos el hollín de San José y recuperemos los cuerpos de Pico Reja. Será la mejor de las memorias

Al igual que cuando miramos las estrellas nuestros ojos captan la luz que se produjo hace millones de años, cuando observamos los muros tiznados de la capilla de San José, la bombonera barroca de la calle Jovellanos, asistimos de alguna manera a la trágica y reciente historia de España. Esa capa de hollín que cubre las pinturas murales de Domingo Martínez es el persistente resultado del incendio provocado por elementos izquierdistas en mayo de 1931, recién proclamada la II República, uno de esos sucesos que hoy los folletos turísticos y los políticos esconden tras la vaga expresión "ardió en los años 30" -así, como si el fuego lo hubiese provocado un cortocircuito-. El anticlericalismo no fue ni mucho menos un invento de la II República -como bien señaló en sus estudios Julio Caro Baroja, entre otros-, pero sí fue en este periodo y durante la Guerra Civil cuando alcanzó su paroxismo. Es curioso lo desconocido que es para la gran mayoría de los ciudadanos el segundo experimento republicano español. Pese a que hoy, debido a la memoria histórica, está continuamente presente en el debate mediático y político, seguimos instalados en un discurso ingenuo que bascula entre la demonización y la canonización. Sin embargo, muchos se sorprenderían de la complejidad de un proceso en el que hubo gobiernos de izquierdas y derechas; golpes militares y revoluciones socialistas; violencia política y un avance espectacular de la instrucción pública... Quizás podemos decir que fue un periodo en el que se vio lo mejor y lo peor de España. Sin embargo, es evidente que fue un fracaso, entre otros motivos por la incapacidad de los republicanos más convencidos de comprender el fenómeno del catolicismo español. Los muros tiznados de la capilla de San José son el recuerdo de esa incomprensión, de la violencia que se ejerció contra templos y clérigos por elementos de la izquierda radical y de la negligencia con la que actuaron las autoridades republicanas. Por eso no hay que restaurarlos, como ahora se pretende. Pinturas de Domingo Martínez tenemos muchas en las iglesias sevillanas; sin embargo, ya no abunda el testimonio físico de aquella fiebre iconoclasta que infectó la vida española. Restaurar la capilla de San José sería como arreglar los balazos que dicen que quedan en la Muralla de la Macarena, testimonio de la despiadada represión del primer franquismo en Sevilla. Dejemos el hollín en San José y recuperemos los restos de los masacrados en Pico Reja. Será la mejor memoria histórica, la justa y necesaria.

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