El ridículo

Quim Torra acabará como Puigdemont, pero en Suiza, en otro chalecito del exilio de los payasos

05 de octubre 2018 - 02:31

El ridículo es un componente imprescindible para analizar la larga crisis catalana. Bien sea por una tara original de la tribu neoconvergente o por una pronunciada falta de dignidad, sólo la ausencia de vergüenza pública explica la deriva de los dos últimos presidentes de la Generalitat.

Carles Puigdemont vive, huido, en un chalé de Waterloo, mientras sus compañeros de Gobierno están encarcelados, preside la vergonzosa Corte del Mejillón pero se compara con Mandela, es uno de los pocos cobardes que ha hincado las rodillas ante el bufido chulesco de Rufián. Ay, qué miedo, las 155 monedas de plata. Se fue para Bélgica sin avisar a sus compañeros de revolución. El lunes, todos a trabajar.

Joaquín Torra es la repetición marxista del hecho histórico. Comedia, farsa, ópera bufa. También le han temblado las piernas. Unos cuantos cuperos -créanme, no pasan de dos centenares- tuvieron que ser apaleados por los Mossos para evitar una confrontación callejera con policías y guardias civiles de paisanos. Como los del 26 de octubre de 2017, cuando Puigdemont rectificó sobre su convocatoria de elecciones. Esos, que los vi, no eran más de cien, y ninguno de ellos pasaba de los 30 años.

Torra no ha leído a Maquivelo, desconoce que no se puede amenazar con lo que no se dispone, y ni ERC ni la Generalitat van a rechazar los 1.500 millones de euros que han pactado con el Gobierno central. Torra no está en disposición de lanzar un ultimátum, su chantaje no ha durado ni medio día y sus misivas al Papa y a Trump lo hacen autor de un patético guión que no se le ocurre ni a su émulo Boadella.

Como lo que le conduce es el patriotismo infantil, la ausencia de vergüenza pública y la falta de cochura, Torra terminará como Puigdemont, pero en Suiza; no se rían, éste terminará marchándose a un país sin convenio de vuelta. A otro chalecito en el exilio de los payasos.

Sabemos que la paciencia de Pedro Sánchez es infinita, pero ni el PSOE ni su Gobierno pueden aguantar mucho tiempo más tanta deslealtad.

El hermano de Maragall, que está al otro lado de la frontera que separa la genialidad del disparate -otro paradigma de lo ridículo-, se ha empeñado en abrir las llamadas embajadas, que no son sino unos centros de propaganda independentista en el extranjero, un buen motivo para aplicar el artículo 155. A diferencia de lo que hizo Rajoy, sería más efectivo aplicar la intervención por pasos: las embajadas, los Mossos si se diese el caso... Sin miedo, que son muy ridículos.

stats