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Rafael / Padilla

Un siglo de soledad

UNA de las características fundamentales de este inicio de siglo, al menos en las sociedades llamadas modernas, es el cambio profundo y acelerado que se está produciendo en las estructuras de convivencia. Siendo un fenómeno común en el primer mundo, me centraré hoy en los datos que, para España, acaba de proporcionarnos la Encuesta Continua de Hogares que publica el INE. En nuestro país, para un total de 18.346.200 hogares, 4.584.200, un 25%, están ocupados por una única persona. Si ahondamos en la cifra según el sexo y la edad, comprobamos que 2.724.400 hogares unipersonales corresponden a menores de 65 años (1.606.300 hombres y 1.118.000 mujeres) y 1.859.800 a mayores de esa edad (503.500 hombres y 1.356.300 mujeres). Respecto al estado civil, hombres solteros (59,8%) y mujeres viudas (48,1%) lideran sus respectivos grupos.

Con esos números, que aumentan cada año, no es extraño que hoy se hable de la soledad como de la pandemia del siglo XXI. Así, al menos, la enjuician los expertos, no siempre capaces de explicar en su globalidad una transformación tan drástica y rápida.

Por supuesto, las razones epidérmicas de esa soledad son múltiples. Según el psicólogo Fernando Pérez del Río, el envejecimiento de la población, la mayor autonomía de la mujer, el propio individualismo imperante, la omnipresente crisis y hasta el nuevo urbanismo de las ciudades están confluyendo como causas concomitantes en esta vertiginosa evolución.

De otro estudio, La soledad en España, elaborado por ASEP en 2015, extraigo un porcentaje revelador: el 59% de los que viven solos lo hacen por voluntad propia y el 41% por obligación. Para los primeros, la soledad no es un problema sino una forma de autoafirmación. Frente a ellos no queda más que respetar su libertad. En los segundos, en los que sufren la soledad impuesta, es donde sí cabe apreciar una manifiesta patología: en tales supuestos, la comunidad científica no oculta los vínculos significativos entre soledad y enfermedad. La conclusión es que la soledad puede ser letal y que, en todo caso, debería combatirse con mayor ímpetu y mejores medios.

Sea como fuere, la realidad es tozuda: se está produciendo una mutación copernicana en nuestras fórmulas de relación, con efectos temibles. Un camino de disgregación, voluntario e involuntario, que para mí tengo -ojalá me equivoque- ya casi inexorablemente autodestructivo.

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