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Por montera

Mariló Montero

Porque sigo siendo el rey

LA monarquía española pareciera ser un partido político a la vista de la cantidad de horas de debate que, sobre su existencia, protagoniza en los últimos tiempos. Cada presidente que ha gobernado en España le ha sacado al Rey más o menos rendimiento, pero José Luis Rodríguez Zapatero le está desplazando hasta límites comprometidos. La falta de respeto que de ello trasciende está haciendo mella en las opiniones de una parte de la sociedad que cree a pies juntillas que don Juan Carlos se dedica sólo a acudir a las inauguraciones de algunas exposiciones de cuadros.

Quienes se definen como juancarlistas tienden a justificar el respeto hacia el Rey por habernos librado de una España dictatorial tras salvarnos del Golpe de Estado. Como si Su Majestad, en treinta años sólo hubiera intervenido una vez por España. Otro resto vierte críticas hacia la inutilidad de la Corona por convertirse en Rey sólo por el simple hecho de nacer, queriendo ignorar así la ardua preparación y sacrificios que ello conlleva.

¿Es que la Monarquía ha de decidirse en las urnas? ¿Qué persona llegaría a estar tan preparada como el Príncipe para reinar? ¿No es suficiente lección el casting que se hace para ser presidente de Gobierno?

Después de que el Monarca superara la operación de pulmón, hubo un tiempo en que se dejaba entrever que don Juan Carlos debería abdicar a favor de un heredero perfectamente preparado para reinar. Hasta que el Rey dejó bien claro, por su contundencia, que estaba perfectamente de salud. Por otra parte hay quienes necesitarían que don Felipe tuviera que pasar la tentativa de otra Transición política española para ganarse el puesto que ahora quieren incluso arrebatarle de manera precipitada a su padre.

Don Juan Carlos, desde su coronación, con la que se vivificó nuestro país, ha superado varias crisis económicas y atravesado cambios extraordinarios llenos de tensiones políticas y diplomáticas. La Corona ha demostrado su capacidad de arreglar muchos desaguisados internacionales colocando a España en un privilegiado lugar de respeto. Zapatero echa ahora a un lado al Rey, cuya fama de campechano no ha de eclipsar su carácter integrador.

Esta pasada semana, el Rey llamó a Palacio a la ministra de Economía, Elena Salgado, de cuya reunión no trascendió ni una fotografía ni un contenido. Cuestión que me invita a pensar que quizá el Rey haya pegado un puñetazo sobre la mesa para poner orden en un país que vive una crisis dramática y que nos pone en fila tras Irlanda y, posiblemente, Portugal. El Rey no está jubilado de un trabajo, en su mayoría silente, y por lo visto poco valorado. A sus treinta años de reinado se le está volviendo a poner a prueba sobre su valía. A ver si da él un golpe justificado para convocar un segundo Pacto de Toledo, porque sigue siendo El Rey.

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