Antonio montero alcaide

Escritor

La soledad repartida

La soledad, como la ilusión, no debiera tener dueño, sino estar por igual repartida

La ilusión, como la soledad, debe estar repartida. De esta última dan cuenta unos versos de José María Requena: "Jamás podrá tener dueño / lo que es parte de la vida. / La soledad, como el sueño, / por igual fue repartida". Y la ilusión tiene entrañable reserva en la noche de Reyes, cuando desvela con la expectativa y toca con su magia a pequeños y mayores. Requena alcanzó reconocimiento literario precisamente una noche de Reyes cuando, en 1971, su novela El Cuajarón obtuvo el Premio Nadal. Julio Manuel de la Rosa, próximo ya el segundo aniversario de su muerte, en unos Apuntes sobre novelistas sevillanos, publicados en 1981 por el Grupo Andaluz de Ediciones, Repiso Lorenzo, en la Alameda de Hércules, dentro de una colección titulada Cosas de Sevilla, recordó que Ortiz de Lanzagorta, otro destacado escritor de la nutrida nómina de los años sesenta y setenta del pasado siglo, ponía a Requena, por su aspecto físico, perfil de procónsul de la Bética. Añade De la Rosa: "Y hechuras de picador fuera de temporada, con su voz recia quemada por el tabaco obstinado de las noches del periodismo tenso de muchos años de trabajo. Requena viene de la poesía del Sur y del periodismo".

En el año 2000, doce años después de la muerte de este escritor, algo desconocido y postergado porque sus maneras eran poco complacientes con las acomodaciones, la Diputación de Sevilla publicó La soledad repartida, con prólogo de Rafael de Cózar, fallecido hace ahora cinco años, cuando intentaba sofocar un incendio en su biblioteca de nueve mil libros de la casa de Bormujos donde vivía. En La Soledad repartida se reúnen, entonces, relatos muy breves, cuentos mínimos, "pequeños relámpagos de ingenio, a veces de mínima trascendencia temática, pero que nos sumergen de lleno en la profunda humanidad de este sur que él llevo siempre en la sangre". Tanto, que José María Requena puso por título a su primer libro de poemas, publicado en 1956, La sangre por las cosas. Para subrayar, de este modo, el valor, personal y literario, que atribuyó a la condición de las cosas, casi en la misma medida anécdotas cotidianas que categorías trascedentes, con un empeño declarado de cosificar la realidad.

Acepten este regalo, con título de Madre: "Por favor, que los niños no le llamen tonto. Que le llamen infeliz, que es lo que es, vida a la orilla de los demás, un torpe niño para siempre. Y que nadie vuelva a pedirme que le ponga babero, vamos, hombre, querer ponerle un babero a mi Paquito, con más de veinte años él, hijo mío, de eso nada, que aquí estoy ya para lavarle toda la ropa que haga falta, pobrecito… ¿Y la gracia que tiene? Sin ir más lejos, el otro día, cuando la niña de la vecina, que tiene un corazón la mar de grande, le dio un beso en la mejilla ¿sabéis lo que me dijo, todo emocionado? Pues que, al sentir los labios de la muchacha, le entró por el cuerpo una cosa así como cuando se tocan los alambres de la luz…".

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