Con sólo tu nombre, Sevilla

Necesitamos que alguien nos diga algo bueno para darnos cuenta de que somos afortunados

No me voy a poner nostálgico o a intentar escribir una estrofilla de elogio a la ciudad o una letra de sevillanas. Pero a veces necesitamos que alguien nos diga algo bueno sobre nosotros, nuestra familia o nuestra ciudad para darnos cuenta de que somos afortunados. Hay pocas ciudades que con solo decir su nombre consiguen que tu interlocutor esboce una sonrisa y una exclamación de satisfacción, cuando a la pregunta ¿dónde vives?, contestas, en Sevilla. Claro que, a poco autocrítico que seas, lo menos que puedes hacer es preguntarte: ¿Por qué? ¿Qué promesas despierta el nombre de esta ciudad? ¿Piensan en una visita rápida, signo de los tiempos o en vivir aquí? ¿Es para una aventura de vacaciones o para vivir juntos toda la vida? En cualquier caso, quieren venir y creo que deberíamos estar contentos y ¿por qué no?, sacar beneficio de ello. En todos los sentidos. Más riqueza y puestos de trabajo para los sevillanos y una mejor ciudad para el día a día. No hablo sólo de turismo, aunque no pienso disculparme por pensar que el dinero de los visitantes es una fuente de ingresos tan digna como otra cualquiera, para una ciudad y para el mismísimo Palacio de Dueñas y las otras casas palacio de la ciudad, por no hablar de la Giralda, la Catedral o el Alcázar. Tan digna como las tiendas de recuerdos de Sevilla o productos típicos como abanicos, mantones o peinetas, donde nunca han pedido el carnet de identidad para venderte unos preciosos peinecillos.

Reconozco que en mi caso también he deseado visitar o conocer ciudades, más que países, con la excepción de Italia, que me atrae en todas sus ciudades y en su territorio y que lleva toda una vida conocer medio bien. Venecia y Florencia llevan generaciones en ese club, sin mencionar a Roma, Londres, París, Viena, Nueva York, etc… Pero ¿viviríamos allí? Eso ya es otra cuestión. La promesa de bienestar, de ciudades cómodas para vivir suelen ser ciudades de tamaño medio, sin llegar a ser metrópolis, ciudades para caminar, con buenos servicios de todo tipo y la posibilidad de disfrutar de lo más sencillo y cotidiano y de lo más sofisticado sin necesidad de hacer kilómetros e invertir el tiempo que necesitas para el disfrute del mero ocio, tiempo que se volatiliza entre los dedos de un volante o en una parada de metro o autobús. Ciudades para sentarte en un velador o un banco y poder sacar el bloc y dibujar o escribir o simplemente mirar a tu alrededor a la gente que pasa.

No todas las ciudades que tienen estas cualidades tienen nombres evocadores de dichas promesas. Si ha disfrutado de alguna sabe de lo que estoy hablando. Porque siempre hay circunstancias personales que cambian a mejor o peor esas percepciones. Y algunas de esas ciudades, además de confortables y estupendas son bellas para rabiar. Y su historia está dibujada en sus calles y edificios, en las orillas de su río, en la curva de su playa o en los barcos que se alinean en su puerto. Y eso se puede disfrutar en presente, ahora.

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