Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Los sueños rotos

Sevilla, en este segundo Domingo de Ramos sin pasos en las calles, es una ciudad más triste y desconcertada

A partir de esta semana nos vamos a convertir en los sevillanos vivos que más tiempo han estado sin poder contemplar las procesiones de Semana Santa por la calle. Triste honor que no tuvieron siquiera los que pasaron su niñez en los primeros años de la República, de los que ya quedan pocos entre nosotros, pero que sirve para darnos cuenta de lo que se nos ha venido encima. Ni los años de inestabilidad política y social que destrozaron el país durante la primera mitad de los treinta del siglo pasado, ni la violencia fratricida y descomunal de la Guerra Civil, ni la miseria y represión de la larguísima posguerra impidieron que los sevillanos acudiésemos cada primavera a la cita en la calle con las devociones y la memoria que le dan sentido a tantas cosas en una ciudad que cuenta los años por Domingos de Ramos. La pandemia ha venido a rompernos todos los esquemas y los sueños y ponernos delante de los ojos que todo lo que creímos sólido e inamovible estaba asentado sobre arenas movedizas.

Sevilla es, un año largo después de que llegara el virus, una ciudad cada día más triste y desconcertada. No habrá un sevillano al que el coronavirus no le haya cambiado la vida y siempre habrá sido a peor. Incluso aquellos afortunados que este año hayan tenido motivos para sentirse felices -el nacimiento de un hijo, la superación de una enfermedad complicada…- habrán visto a su alrededor cómo un familiar o un amigo caía víctima de la infección o perdía su empleo, cómo las calles se iban vaciando y los carteles de se vende o se alquila aparecían en bares y comercios que hasta entonces habían sido ejemplo de éxito.

En esta segunda Semana Santa sin pasos en las calles queda de nuevo en evidencia las debilidades que tenemos como sociedad. Nos ha puesto por delante que nuestra sanidad pública tenía agujeros más profundos de lo que nos querían hacer ver, que nuestra estructura económica estaba basada en sectores volátiles como el turismo y que nos faltaba el valor que da la industria y el desarrollo tecnológico. También, y no es lo menos importante, que la calidad de nuestra gobernanza era manifiestamente mejorable.

Si finalmente logramos superar los problemas que están haciendo insoportablemente lenta la vacunación podremos plantearnos una reconstrucción que va a ser lenta y no fácil. Pero la realidad es que, tres meses después de que llegaran las primeras vacunas, apenas cien mil sevillanos, de los dos millones que vivimos en la provincia, han sido inmunizados y que la economía sigue dando muestras de agotamiento total. Vamos a necesitar mucha valentía y decisiones firmes para salir del agujero y cambiar un modelo agotado. Por ahora, en Sevilla, no se ve otra cosa que más de los mismo y ocurrencias más o menos folclóricas. Mal se está enfocando el asunto.

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