Visto y Oído

Antonio / Sempere

De tarde

LA audiencia podrá ser todo lo soberana que se quiera, eso no lo discuto. Pero desde luego que sí pongo en entredicho que la audiencia sea sabia. Digo esto así de encendido a raíz del escaso eco que ha tenido en los audímetros el espacio Tenemos que hablar, presentado por Ana García Lozano en las tardes de La 1, que se ha quedado a años luz, léase, a bastantes dígitos por debajo de la cuota de pantalla de espacios como Sálvame o El programa de Ana Rosa.

La verdad es que no debería extrañarme. Ahí tenemos desde hace tres años las cuotas más bajas que imaginarse puedan en Para todos la 2, el magacín más interesante, formativo y sensato, de largo, de cuantos se emiten en directo en nuestra televisión actual. Es decir, que en tanto en cuanto Tenemos que hablar se aproxime en tono y en contenido, en selección de invitados y en capacidades pedagógicas a Para todos la 2, ya sabemos lo que le espera.

La profesionalidad de Ana García Lozano es incontestable. El diálogo que mantiene con sus cuatro invitados, un cuarto de hora para cada uno, pasa volando. Y los consejos y apostillas de los especialistas siempre invitan a la reflexión. Solamente la conversación que mantuvo con la actriz María Galiana, preñada de sinceridad y de denuncia, vale su peso en oro.

Pero ahí están las audiencias, esas que dicen los expertos son tan soberanas, poniendo o quitando valor a los programas, legitimando que unos se perpetúen y otros pasen fugazmente por las pantallas. Pero no hay que ser hipócritas. Si hablamos de televisión de servicio público y de dignidad, el Tenemos que hablar de Ana García Lozano es modélico. De eso que a nadie le quepa duda.

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