La tentación del buitre

Evitemos el perfil carroñero disfrazado de defensa de causas, por buenas que estas sean

De la serie de Jon Sistiaga en Movistar sobre el terrorismo de ETA hay un capitulo y un momento que merecen todos los metrajes, todos los minutos de entrevistas, de encuentros. La viuda de Juan María Jáuregui frente a su asesino, después de compartir horas de charla, y ante un menú que él ha preparado para ella, le dice:"Prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre". Supongo que a Ibon Etxezarreta, Potxolo, asimilar esa frase le habrá llevado un largo tiempo. A mí se me ha quedado colgada en una esquina del pensamiento, como el recordatorio de que hay muchas víctimas en la barbarie y no sólo la que pierde la vida.

La protagonista de la última novela de Juan Bonilla -La totalidad sexual del cosmos, Premio Nacional de Narrativa- se pregunta si hay un nombre para definir en profundidad a quien pierde un hijo. La que proponen los padres de niños con cáncer, huérfilo, tiene sentido etimológico, pero hay que reconocer que no alcanza la hondura de la palabra orfandad, esa mutilación que conocen bien quienes la viven, la vivimos. Cada vez que sabemos de la pérdida de un hijo, por alguien querido o en excepcionales y terribles circunstancias, nos estremecemos al ponernos, al menos un segundo, en la piel de quien ha de pasar por uno de los cálices más amargos que ofrece la vida. Si esa tragedia además está envuelta en horror, en odio, en maldad, todos sabemos que esa madre, ese padre, han atravesado la línea invisible de los dolores difíciles de imaginar. Y ¿qué ocurre cuando es tu propio hijo quien ha sido el verdugo? ¿Qué consejo -nosotros que no paramos de ofrecerlos- podríamos darle a quien doblemente es golpeado así? Como recomponer la paz, cómo volver a respirar.

Me remito a las tragedias recientes que nos han conmovido a todos y especialmente a esa familia devastada en Canarias. Algunas voces, en medio de la congoja general por la tragedia y de la solidaridad y de la denuncia del terrorismo machista, han advertido a los medios: no hagamos de las víctimas carne de likes, share que hace caja con cada lágrima derramada, anuncios contratados sobre los rostros de las familias rotas. Cada golpe de pecho de la audiencia suena como un tiro en el corazón de quienes necesitan todos los esfuerzos para sobrevivir a la tragedia. Evitemos el perfil carroñero disfrazado de defensa de causas, por buenas que estas sean. No alentemos las ideologías que habitan en las tripas. Sobran los insultos. Pensemos en las víctimas. Y revisemos aquello que las revictimiza: sentencias injustas, medidas de protección insuficientes, espacio para el terrorismo machista y sus profetas, festín de morbo en hora punta. El populismo penal nunca ha salvado vidas, como me recordó mi amigo Raúl. El feminismo, sí.

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