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José Joaquín León

El tiempo de Dolores a Ramos

EN el tiempo de las vísperas inminentes, ese que nos conduce del Viernes de Dolores al Domingo de Ramos, se está montando un tinglado cofrade cada vez más difícil de entender. La Semana Santa siempre empezó el Domingo de Ramos. Hoy precisamente. Ni antes, ni después, hoy mismo. Antonio Núñez de Herrera, al que todo el mundo cita por su obra Semana Santa: Teoría y realidad, donde demostró que una gran teoría se puede resumir en pocas páginas, escribió lo siguiente: "La Semana Santa no había existido nunca. Es cierto que se celebró otros años. Pero auténtica existencia no tiene hasta este Domingo de Ramos. Las otras Semanas Santas pertenecen a la Historia, es decir, al recuerdo".

Esa inexistencia de la Semana Santa, hasta que se hace presente y realidad una vez al año, tal día como hoy, es la que justifica la ilusión, la emoción y la singularidad de cada Domingo de Ramos. Si nos llama la atención ese primer nazareno mítico que nos encontramos en la mañana, cerca del Parque, o por Molviedro, o quizá por los alrededores de San Julián, o con su túnica infantil de la Borriquita, es porque no habíamos visto ninguno desde el año anterior. Si nos atrae esa cola interminable que aguarda en San Juan de la Palma es porque sabemos que veremos a la Amargura con sus claveles blancos, frescos y dispuestos en las jarras de plata, tan sobria y bella como un Domingo de Ramos atrás. Si al cruzar el puente de Triana nos llega desde el arrabal un aire que huele a fiesta es porque sabemos que Altozano abajo, en su capilla de la calle San Jacinto, está esperando la Estrella, y la veremos como si fuera una novia que casará su llanto con el amor de Sevilla.

Si volvemos al ajetreo de todos los pasos que se acumulan en el templo de los Terceros es porque sabemos que pronto encontraremos a la Virgen del Subterráneo, perfumada entre los naranjos de la calle Doña María Coronel, a la vera de las clausuras del convento de Santa Inés. O si nos vuelve a admirar ese ajetreo que se palpa cerca de la Puerta Osario es porque sabemos que la Virgen de Gracia y Esperanza volverá esta noche a Caballerizas para llorar nuevas lágrimas, al compás de su candelería. Y si nos emociona, como nunca, la rampa del Salvador esta mañana es porque sabemos que faltan pocas horas para que baje el paso de la Borriquita en una larga chicotá, que para muchos es la primera de su Semana Santa; y que horas después, entrada ya la Madrugada, esa misma rampa donde sonó la música será silencio, roto sólo por la saeta de Pepe Peregil, mientras los costaleros del Cristo del Amor lo suben como si fueran en el camino del cielo, hacia la noche oscura del alma que se abre de par en par en las puertas de su templo.

Si llegamos aquí es porque hubo unas vísperas clásicas, que aún perviven, casi engullidas en el marasmo de los tinglados cofrades. Viernes de Dolores que se acaba cuando baja la Virgen del Valle desde los cielos de su imponente altar de cultos. Viernes que fue de Dolores en el antiguo convento de la Paz, el de la espadaña más altiva, en el traslado fúnebre de la Sagrada Mortaja. Viernes de Dolores en la Magdalena, en el traslado conmovedor de la Quinta Angustia. Que tiene continuación en el mismo templo, un día después, cuando el Cristo del Calvario, encaja la majestad imponente de su muerte entre los cuatro hachones de su paso. Es el mismo Sábado de Pasión en que suenan las notas del Miserere de Hilarión Eslava, la interpretación penitencial más sevillana para anticipar las glorias inminentes.

Pero de Dolores a Ramos hay un guirigay. Ya no sólo se ven capirotes extemporáneos en los barrios, sino incluso a los pies de la Giralda, con estación en el Palacio Arzobispal. No estamos en los tiempos de Núñez de Herrera, cuando se llegaba al Domingo de Ramos sin ver un nazareno, como Dios manda. Sólo nos queda el consuelo de que, al llegar este santo día, todo lo anterior se olvida. Hoy la Semana Santa por fin existe.

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