el poliedro

José / Ignacio Rufino

La tinta del calamar experto

La terminología 'tecnicista' es una forma de rodear a los peritos de un aura de sapiencia que en no pocos casos es vacua

COMO sucede con la escritura de los médicos en las recetas, que sólo pueden entenderla los mancebos por un mágico don lector, la terminología propia que utilizan los peritos de cada materia tiene una cierta razón de ser, sobre todo en materias de alto corte técnico o científico, pero en muchas materias prosaicas y esencialmente económicas y empresariales suelen acabar constituyendo una barrera para que los profanos crean que no entienden nada, y así el especialista se rodee de un aura de profunda sapiencia e imprescindible valor. Recientemente he tenido ocasión de escuchar -que no comprender- a una persona muy sabida en asuntos inmobiliarios: a estas alturas he descartado ser muy listo, pero también torpe de solemnidad, y gracias a eso, o sea, a la edad, no me deprimo por zoquete, siendo economista "de empresa". Tratar con los ayuntamientos, con los bancos, con los constructores y con los potenciales compradores no debería revestirse de tanta farfolla terminológica, me digo. La tinta de calamar terminológica acaba disuadiéndome de entender las cosas, cediendo la victoria al experto. Uno suele resistirse a este síndrome tecnicista, y aun así debo escuchar con frecuencia que lo que escribo "no lo entiendo, son cosas muy complicadas". Asumo que, sencillamente, nunca han leído más de dos líneas de estas columnas: hacen bien, quién sabe.

Los economistas dicen -yo, no, por eso me resisto a la primera persona del plural- "asimetrías", por ejemplo, que es "falta de correspondencia exacta de forma, tamaño y posición de las partes de un todo", en vez de recurrir a palabras como desigualdad o desequilibro. Como ejemplo de asimetría esta semana hemos sabido que, en la llamada Eurozona, nuestra banca es la más perezosa en pagar intereses y la más carera en cobrarlos, a pesar de que el regulador es el mismo para todos y cobra igual tipo de interés a todos los bancos. Esta desigualdad o, si quieren, esta nueva prueba de que la banca española está, en general, muy consentida a pesar de los pesares y de los pecados, es objeto de humo terminológico. La llaman asimetría, que es algo políticamente más correcto. En realidad, es sencillamente más artero y, como se dice en lagunas zonas de Andalucía, más "ocultón". En España, por precisar el ejemplo, hipotecarse para adquirir una vivienda es casi un 20% más caro que la media de nuestros socios de moneda. Complementaria y sorprendentemente, es campeona -ex aequo con un par de países- en pagar poco por los depósitos. Quizá consiga ser la primera banca que cobre por custodiar el dinero de la gente, paraísos fiscales aparte. Eso es ser pionero… Este abuso menor y consuetudinario, nos dirán, es producto de inercias, ajustes del sistema, demora en las reformas estructurales y automatismos diferidos. Y dos huevos duros.

Ah, las reformas estructurales. ¿Por qué la llaman estructural cuando quieren decir laboral? De acuerdo: las reformas estructurales no son sólo facilitar el despido, desregular el salario o facilitar el despido indirecto o el desarraigo mediante la llamada movilidad geográfica (otra gran falacia consuetudinaria: ¿por qué, sin una verdadera urgencia o necesidad objetiva, una persona con un empleo de media o baja jerarquía organizativa debe ir trashumando por su país o el mundo, cuando tiene familia y valiosos arraigos sociales?). Pero volvamos al término estrella de los expertos económicos: la reforma estructural. ¿Cuándo una verdadera liberalización de los altísimos precios de la energía para las rentas normales, para llegar a un modelo realmente de competencia, como ha sucedido en buena medida con la telefonía móvil? Ah, pero si algún terreno para que el experto-calamar expela su tinta es la factura de la luz: te convencerá de que debería ser mucho más cara. ¿A que usted no aspira ya a entenderla? De eso se trata.

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