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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El 30 no va a la Feria

Los autobuses de la línea 30, sucios y viejos, poco tienen que ver con la 'road-feria' del anuncio de Tussam

No sabemos si Monchi y Del Nido van a la Feria en autobús. No les pega. La gente importante de Sevilla presume de no pisar Tussam y de leer poco. Más bien nos los imaginamos llegando al real en un enganche con el cochero vestido de caballero victoriano o, mejor aún, en uno de esos mixtolobos angloandaluces en los que se mezclan las mantas escocesas con los sombreros de ala ancha del tamaño de un platillo volante, como el que paseó Belmonte por los bulevares de París antes de partir para América. A la Sevilla progre y malajosa le molestan tales excesos feriantes, pero nosotros los bendecimos con nuestro hisopo de tinta. Sin ellos, la Feria sería un lugar mucho más aburrido, un simple botellódromo por lo finolis.

Nunca nos hemos montado en un autobús de línea para ir a la Feria. Siempre hemos accedido andando, a la manera de la infantería. Como el soldado prusiano, un feriante vale lo que sus piernas. Pero, al igual que a tantos (entre ellos a nuestro estimado Eduardo Osborne), nos ha llamado la atención el anuncio promocional de Tussam en el que los Cantores de Hispalis vestidos de riguroso esmoquin proclaman las virtudes de nuestra empresa municipal de transportes urbanos para acceder al Ferial de Los Remedios. Cuando hemos visto ese autocar convertido en una caseta de postín, nuevo y limpio como una primera comunión, hemos recordado el otro Tussam, el de verdad, el que vivimos a diario en la línea 30, esa que recorre en apenas media hora las diferentes capas de la sociología sevillana, desde los oligárquicos pisos del Prado hasta las covachas verticales de las 3.000, pasando por el Porvenir. Los autobuses de la línea 30, sucios y viejos (a veces hasta la náusea), poco tienen que ver con esa road-feria que nos enseña el Ayuntamiento. En el 30, cuando la noche ya proclama su imperio, nos solemos reunir lo mejor de la ciudad (plumillas, limpiabotas, yonkis, vendedoras de flores, adivinadoras, músicos desdentados y algún psicópata que no para de gritar) para realizar el último trayecto de la jornada, cada cual buscando las tablas del descanso. No es una estampa muy promocional que digamos, pero es real y no exenta de cierto encanto.

Como decíamos, la línea 30 poco tiene que ver con el autobús del anuncio, pero se escucha mejor música, con todo nuestro respeto y admiración por los autores de hits como Misifúse ha enamorado, Somos más de veintitantos... A veces, alguno de los miembros del sombrío pasaje se arranca con una soleá, apenas dos o tres quejíos que quedan flotando en el ambiente hasta que el psicópata vuelve a gritar. Eso, imaginamos, es duende. Al jefe de Tussam le proponemos que el próximo año ruede en esta línea el spot de la Feria y así, de paso, le da un mensaje social a la cosa. "A la Feria de la inclusión social con Tussam" podría ser el lema.

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