la tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

El valor correctivo de la crisis

Los historiadores sabemos que las crisis acompañan al hombre desde que el mundo es mundo. Los elementos que la producen cabalgan unos sobre otros, aunque suela predominar alguno por encima de los demás, dándole su sesgo. La crisis que nos afecta tiene un carácter preponderantemente económico, mas qué duda cabe de la intervención de otros factores (éticos, culturales, religiosos, sociales, etcétera), tal vez un tanto soterrados, pero de evidente presencia.

La crisis actual ha despertado las elucubraciones y los debates sobre su naturaleza y los medios más adecuados para combatirla. Reaparecen las viejas recetas liberales y estatistas, con frecuencia radicalizadas. Cada una de ellas hace hincapié en un determinado grupo de factores en detrimento de los demás. Algunas ideologías moribundas ven llegada la ocasión de reavivar sus argumentos y de apoyar viejas reivindicaciones. Florecen por doquier los economistas ofreciendo explicaciones y soluciones. Es un tiempo para que todo o casi todo el mundo opine, con independencia de su preparación y conocimientos. Vuelve a ponerse de moda la frase, tan manida, de que las crisis no son buenas ni malas, depende de lo que se haga frente a ellas.

Al margen de todas estas opiniones, sin duda con su punto de razón, no está de más recordar el valor correctivo de las crisis en general y del que podría llegar a tener la nuestra en particular. Uno de los aspectos más relevantes es, precisamente, su capacidad para imponerse a los deseos de los hombres y a sus intereses, aunque unos y otros hayan propiciado su llegada. Este carácter ciego que las define, nos puede ayudar a reconocer la existencia de cosas que escapan a nuestro control, con el significado que luego diremos. Un aldabonazo que, de vez en cuando, las restituya a su verdadero ser y equilibrio, no debe ser interpretado únicamente como una tragedia.

El carácter económico de nuestra crisis no debiera hacernos olvidar su vinculación a unas maneras de vivir, que, cuanto menos, han facilitado su aparición. Por ejemplo, sería inexplicable si la especulación desmedida de las entidades de crédito no hubiera estado acompañada de la especulación de muchos particulares de a pie, que vieron en la movida la posibilidad de aumentar sus ingresos, sin dificultad, de una forma considerable. O si la posesión de un dinero fácil no hubiese conducido a los individuos e instituciones a un gasto por encima de sus posibilidades. En última instancia, los años de vacas gordas no sólo han servido para mejorar nuestra sociedad del bienestar y prestar así servicios más amplios y mejores a los ciudadanos, sino para reforzar una mentalidad de autosuficiencia, de confianza en el poder inagotable del dinero, en detrimento de valores morales de austeridad, honradez y solidaridad.

Llegando más lejos aún, puede decirse que la crisis actual no es otra cosa que la del modelo social que surgiera en la euforia de los años sesenta. Desde entonces nos hemos acostumbrado a vivir a un nivel de consumo inusitado en las generaciones que nos precedieron. Creímos asimismo llegado el momento de prescindir de creencias, valores y tradiciones que, frente al Estado Providencia, la emancipación del individuo y las conquistas de la ciencia y de la técnica, nos parecieron ya obsoletos. Confiamos en asegurar la protección social de por vida, con unas pensiones y un seguro de enfermedad inextinguibles. Se fueron debilitando a la par, progresivamente, las solidaridades familiares, la conciencia de nuestra fragilidad como seres humanos y el sentido trascendente y ético de nuestros actos. Desde entonces, al margen de la sensibilización hacia los males externos (víctimas de la guerra, del hambre y de la pobreza), nuestro corazón se ha ido endureciendo con respecto a los más próximos. Y lo que es peor, hemos puesto cada vez más la confianza en nuestras capacidades individuales y colectivas al margen de toda regla. Pensábamos, en definitiva, que podíamos montárnoslo solos.

Como todas las crisis, la nuestra tiene y tendrá sus víctimas. Pero puede también, y debe tener para nosotros, insisto, un valor correctivo. Es curioso cómo el hombre necesita de las dificultades para reajustar su vida. No creo que, en estos momentos, hayamos alcanzado ese nivel de conciencia, pero quizás, en los años por venir, con sus inevitables secuelas, se nos ponga a prueba y seamos capaces de medir con mayor realismo y humildad nuestras fuerzas. Y de redescubrir el valor de la familia, de los hijos y ancianos; en definitiva, la importancia de los demás, a comenzar por los más cercanos. De valorar más las cosas, menoscabadas por la saturación de su inagotable presencia; de tomar en consideración la conveniencia de prescindir de superficialidades, de trascender nuestra confianza y poner la mirada en lo no perecedero. El tiempo dirá.

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