La ciudad y los días

carlos / colón

Aquel verano de 1963

CUANDO el domingo vi la foto del compañero Antonio Pizarro -Zoido posando en las setas- pensé escribir el artículo que al día siguiente publicó Antonio Burgos: "¿Se fue Monteseirín?". A veces otro escribe nuestro artículo. Decidí entonces contar el raro caso de que una foto publicada en Diario de Sevilla encontrara su pie al día siguiente en Abc. Pero cuando me disponía a hacerlo le dan a Antonio el Luca de Tena y me apetece felicitarlo. No estaba de Dios que uniera nuestra foto y su artículo, pese a lo bien que se conjuntaban: Zoido alzado a la infame altura de las setas por el duende de guardia que Monteseirín le ha dejado en su despacho para impedirle que "ponga a Sevilla como nunca debió dejar de estar: pareciéndose a Sevilla".

Así que, ya que se premia su trayectoria profesional, escribo sobre aquel verano de 1963 en el que Antonio se incorporó como redactor en prácticas al Abc. Entonces Sevilla todavía se parecía a Sevilla. Contadero y Garrigós habían perpetrado la calle Imagen, el primer Galerías Preciados y el derribo del Colegio de San Hermenegildo; pero el Duque, la Campana, Villasís, el San Fernando, el Colegio de San Miguel o la Magdalena del Hotel Madrid y la casa del marqués de Aracena seguían en pie.

Aquel verano de 1963 cada noche 49 cines proyectaban películas bajo cielos todavía no perdidos. Para poner aquel verano en el mapa de la historia podría haber dicho que fue el de la muerte de Juan XXIII; o que Kennedy gobernaba medio mundo y Kruschev oprimía el otro medio. Pero creo que a Antonio le gustará más evocar aquella Sevilla, todavía apenas herida por la piqueta, de pantallas con salamanquesas, de jazmines y damas de noche, de nevería y tomates aliñaos, que iba del Trébol de los Pajaritos al Sur de Heliópolis, del San Gonzalo del Tardón al La Gloria de Nervión, del Almirante Topete del Tiro de Línea al Iris de Miraflores.

Porque desde 1963 hasta hoy es a esa Sevilla real, la de todos los días, a la que ha dedicado esa vida profesional que ahora se reconoce con el Luca de Tena. Esa Sevilla de Burgos cuyos días están traspasados de siglos. Porque, por mucho que se la hayan cargado y se la sigan cargando, quizá siga siendo la ciudad de los ritos heredados, no aprendidos, sobre los que escribió Montesinos en aquel El rito y la regla que dedicó, mira por dónde, a Antonio Burgos. La Sevilla que encontró en él al heredero de Joaquín Romero Murube.

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