Starlink ¿Qué fueron las luces que se vieron en Sevilla anoche?

Tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Catedrático Emérito de la Universidad CEU-San Pablo

Mercenarios

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Mercenarios / rosell

Llama la atención en este país, donde cualquier tema suele servir de crítica, a veces acerada por insignificante que sea, la benevolencia con que se tratan algunos asuntos importantes relacionados con el fútbol. Ante él enmudecen los partidos políticos, sean del signo que sean, o si acaso, musitan alguna queja en ocasiones contadas. De sobra saben que se trata de un deporte que mueve masas y desata pasiones. Tocarlo o criticarlo podría representar casi firmar sentencia de muerte. De ahí que los políticos presuman con frecuencia de seguir a un determinado equipo, aunque no siempre sea cierto. Indudablemente, ello suma, siempre que no se metan en demasía con los equipos rivales. Y, sin embargo, no cabe duda que se trata de un tema importante que mueve mucho dinero, afecta a los medios de comunicación y, en ocasiones, al orden público.

Pero me llama sobre todo la atención el hecho de que tantos seguidores y amantes del fútbol se sientan identificados con alguno de los grandes equipos de primera, hasta dejarse incluso el pellejo por él. Y digo esto por no decir el asombro que me producen, porque, salvo excepciones, tales clubes, incluyendo algunos de Segunda, siempre me han parecido poco representativos de los habitantes de la ciudad que los da nombre. Intento explicarme.

Vería bien que los aficionados se sintiesen íntimamente unidos a quienes en verdad se identifican con su localidad de nacimiento o la de sus afectos. Esto es lo que ha venido sucediendo tradicionalmente con el Atlhetic de Bilbao (toda una demostración de rudo vasquismo cuando venían a Madrid para jugar la copa) o, ahora, más recientemente, con el Villarreal, entre otros. Pero la mayoría de los equipos con tirón están llenos de mercenarios, que visten una camiseta como podrían vestir cualquier otra, les cuestan sumas millonarias a los clubes (en esto hasta a la izquierda le parece bien el papel del mercado), suelen ganar partidos gracias a su concurso, pero nada tienen que ver con la localidad, y a veces ni siquiera con el país al que dicen representar. Eso sí, chapurrean varios idiomas según los clubes de los países por donde transitan.

Entiendo que lo bueno sería ver triunfar a tu equipo, siempre que, realmente, este mantuviese en sus jugadores una vinculación real con la ciudad que le da nombre al club. En otras palabras, que estuviese compuesto por miembros de la cantera propia o de canteras aledañas. Mas esto sólo suele darse en raras ocasiones. No resulta pues extraño que dichos jugadores foráneos ni siquiera conozcan las costumbres del lugar donde son contratados.

Ganar un partido por la contrata de grandes figuras millonarias importadas desmerece a mi entender la victoria, crea una gran desigualdad entre los equipos, y, sobre todo, no son representativos de la localidad y de sus gentes. Yo al menos no me desgañitaría por un conjunto que no me representa. Y tampoco habla a favor de su capacidad deportiva, ni crea los medios adecuados para que esta aumente, beneficiando a los jóvenes de la localidad. Al final, la cima de la Liga la suelen tener los mismos equipos, no más de tres o cuatro, coincidentes con aquellos que más gastan en mercenarios. El reciente asunto Messi y el desproporcionado revuelo que ha provocado su salida del Barcelona ha venido a recordárnoslo. Se trata de una especie de compra venta de hombres, que a semejanza de los antiguos esclavos, cuenta con la aquiescencia social, y, en lugar de una plantación, son transferidos, entre algodones, a una jaula de oro.

Ya sé que hoy el fútbol profesional se ha convertido en espectáculo y ha dejado hace tiempo de ser un deporte. La cantidad de intereses y dinero que se mueven en torno a él hacen muy difícil cualquier tipo de altruismo o reforma en el actual escenario. Sobre todo cuando cuenta con una aceptación tan extendida entre los ciudadanos. Internacionalmente está organizado de forma parecida, y los mismos intereses que concurren en el plano nacional, lo hacen asimismo en aquel.

A día de hoy, el fútbol sigue siendo, como antaño (y bien que acusaban al franquismo de ello), una válvula de escape para la agresividad acumulada por los ciudadanos por los desafueros cometidos reiteradamente por los gobiernos, a la vez que sirve como entretenimiento que permite evadirse de la realidad. Cumple, sin duda, en este sentido, una función calmante, terapéutica, que no siempre se le ha reconocido.

No parece posible prescindir de este gran invento que es el fútbol profesional, el fútbol de las estrellas. ¿Acaso podemos imaginarnos una Europa sin sus grandes equipos? Por supuesto que no. Otra cosa es el fondo oscuro de todo este entramado que son los clubes importantes, que, además de sumas astronómicas para la compra de figuras y la edificación o conservación de grandes estadios, han degenerado un deporte noble en una especie de festín monetario. Se echa de menos una decidida iniciativa purificadora.

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