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Tribuna

Daniel del castillo mora

Presidente de la Asociación de Letrados de la Junta de Andalucía

La deslegitimación de lo público

La gran mayoría de empleados públicos nos levantamos cada mañana con idea de un servicio público de excelencia que permita mejorar a la sociedad

La deslegitimación de lo público La deslegitimación de lo público

La deslegitimación de lo público

Aprimera vista, en un diagnóstico fácilmente deducible, asistimos hoy día a un proceso evidente de deslegitimación de lo público, denostado porque se le achaca un clientelismo o una parcelación en beneficio propio, en detrimento de los ciudadanos. Este proceso de degradación ha contado con varios elementos que concurren aún, permitiendo expresar que en este preciso momento nos encontramos en el ojo del huracán de dicho devenir.

En primer lugar, realizando un ejercicio de autocrítica desde la propia Administración pública, resulta evidente que algunos controles no han estado a la altura del significado de la misma. En todo caso, no podemos compartir la percepción de la existencia de un caos o dejadez generalizado dentro de la Administración. La gran mayoría de empleados públicos nos levantamos cada mañana con idea de un servicio público de excelencia, que permita a la sociedad mejorar en términos económicos, de calidad de vida y sostenibilidad. A muchos les parecerán palabras vacías, pero es algo que puede percibirse a poco que se conozca el completo funcionamiento de una Administración pública y, especialmente, la labor de los funcionarios públicos.

En segundo lugar, ha existido una deformación de la figura de la Administración pública por la querencia exacerbada a controlar de los partidos políticos, sin excepción. De un tiempo a esta parte asistimos a la difuminación de la frontera entre partido político y Administración pública, ambas instituciones del Estado, pero con una proyección, naturaleza y funciones distintas. Es por ello que los partidos políticos deben reflexionar, incluso en forma de Pacto de Estado, sobre dicho límite. Algo que queda fuera de toda duda es la legitimidad que tienen los partidos políticos vencedores de las elecciones para formar su Ejecutivo y configurar una Administración acorde con su política. Pero también es indudable la necesidad de separar los intereses particulares de los partidos políticos de los intereses generales, únicos destinatarios de la actuación de las administraciones públicas, como exige nuestra Carta Magna.

Por otro lado, en este momento de Justicia de tumulto, donde parece que debe primar lo mediato, en la judicialización diaria de la actuación de la Administración asistimos a una desnaturalización constante de las fronteras entre el Orden jurisdiccional penal y el Contencioso-Administrativo. No puede entenderse como normal y lógico que el primer paso generalizado sea la denuncia o querella ante un acto de la Administración Pública, pues la revisión ordinaria de los mismos corresponde a la jurisdicción contencioso- administrativa, no a la Jurisdicción Penal: la invocación de motivos espúreos, la simple inobservancia de plazos en la Jurisdicción Contencioso-Administrativa o la inquina personal contra un cargo público se convierten en arma arrojadiza en el ámbito penal, que deja de revestirse de última ratio del Derecho, sólo para las conductas más injustas. Como las meigas, en la Administración, haberlas haylas. Como en todas las esferas de la vida. Pero no puede compartirse una deslegitimación generalizada de lo público que acabe residenciando cada conducta en el ámbito penal, lo que obliga a rediseñar el esquema actual: si la jurisdicción contencioso-administrativa es la verdadera especializada por ministerio de la ley y en la actuación de las administraciones públicas, debería ser ésta la que remitiese a la jurisdicción penal, a la mayor brevedad, aquellos casos que tengan indicios razonables de criminalidad, no al revés.

Finalmente, debe hacerse un llamamiento a la sociedad y medios de comunicación. Entre todos tenemos que aportar una visión sosegada del funcionamiento de la Administración, con la crítica inherente a la labor periodística. Como en todos los ámbitos de la vida, la crítica constructiva resulta lógica y necesaria como instrumento de mejora. Pero la crítica feroz, la injusta, la que se produce sin rigor ninguno, debe desterrarse por el daño innecesario que genera y que solo sirve para fomentar unos valores negativos de la labor de las administraciones públicas.

Nos jugamos mucho como país, como sociedad y como personas. En un momento como el actual, la serenidad debería ser una cuestión de Estado, lo que nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos sin mayores aspavientos. Que las administraciones públicas deben proyectar una imagen de mejora resulta innegable y necesario. Pero criminalizar el funcionamiento diario de las mismas, que sólo sirven y deben servir a los intereses generales, resulta un craso error que no nos podemos permitir. Es por ello que, entre todos, estamos obligados a iniciar este camino de reversibilidad de la deslegitimación actual de las administraciones públicas.

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