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Tribuna

MANUEL BUSTOS RODRÍGUEZ

Catedrático de Historia Moderna de la UCA

Al final de la era Gutenberg

Vivimos en una época de cambios acelerados y profundos. Se trata de un tópico continuamente repetido. Una muletilla en conferencias y discursos. Es como una sensación. Pero también una realidad incuestionable. Uno de ellos alude al final de la era Gutenberg, de la imprenta; en definitiva, del papel. Nos hallamos en un tiempo de pantallas: la televisión, la tableta, el PC, pero, sobre todo, el móvil. Éste lo domina todo. Es el dueño absoluto de nuestras relaciones y de nuestro tiempo.

Inútil dar cifras de los usuarios de esta máquina, manejable, pequeña, pero con poderes casi milagrosos. Son, sin duda, miles de millones. Innecesario igualmente cargar de datos al lector sobre el número de horas, siempre creciente, que pasamos delante de las pantallas. Y lo mismo de su uso a edad muy temprana. Evidentemente, ninguno o casi ninguno de sus usuarios se daría por aludido, pero sí que encomiaría sus enormes ventajas, capaces de conjurar cualquier tipo de peligro colateral.

Hemos dejado, pues, la época del folio y la cuartilla, de la pluma y el lápiz, e incluso de la máquina de escribir, para sumergirnos de lleno en el mundo de internet, del videoclip, el Whatsapp, el blog, la web, el post, el link y todo un largo etcétera de términos que se han ido colando en nuestras vidas sin apenas percatarnos, en un corto periodo de tiempo. Entre el descubrimiento del papel en la legendaria China hacia el siglo II y la invención de la imprenta en Alemania en el XV pasaron la friolera de trece siglos. Entre la imprenta y la máquina de escribir, comercializada a finales de 1870, unos cuatro. Desde que salieron los primeros portátiles hasta su difusión masiva, apenas han transcurrido un par de décadas.

España nunca ha sido un país de lectores. Rara vez los libros o la prensa han alcanzado aquí grandes tiradas. Hoy su disminución es aún más elocuente. Apenas se ven ya personas con un libro o un diario en las manos. Ni tan siquiera en los transportes públicos, donde eran tan frecuentes como pasatiempo. A veces, si acaso, el impreso de una solicitud que no se pudo rellenar telemáticamente y ha de ser escrita a mano. En el metro de una gran ciudad, en el tren o el autobús, la inmensa mayoría de los viajeros está inmersa en su móvil, ajena a cuanto sucede a su alrededor.

Son dedos que se deslizan velozmente, nerviosos, sobre la reducida pantalla de cristal. El sujeto apenas se detiene a leer los numerosos mensajes, artículos y frases sueltas, y mira de soslayo las fotos y videoclips que le envían. ¿Qué es lo que retiene? Poco. ¡La información recibida es tan copiosa! Dedica más tiempo a los mensajes. Tendrá que contestarlos enseguida, en un cruce permanente de frases casi telegráficas, llenas de abreviaturas, generalmente de contenidos superficiales, tópicos o intrascendentes, adobados en ocasiones con los emoticonos de rigor.

Al final del día no habrá leído sino un conjunto de frases y eslóganes inconexos, que le han dejado del todo o casi del todo indiferente. Ése es, grosso modo, el universo cotidiano de la mayoría, secuestrada por el invento; el universo diario de nuestros adolescentes y jóvenes, incluidos los universitarios, que han de formar los cuadros del mañana ya cercano. Por aquí, me dice el librero, apenas vienen jóvenes: es como si les asustara ver tantos libros y hojearlos como suelen hacer los lectores interesados. Vivimos gracias a los viejos (en realidad, dice maduros).

Los anaqueles de sus cuartos de estudio, cual si hubiera pasado por ellos un tifón, aparecen tan faltos de libros como sus cabezas de reflexiones de cierta profundidad. Son expertos, eso sí, en la sincronización de los dedos. De aquí a un par de generaciones habrá mutado la forma de los mismos, adheridos a una mano inusualmente prensil, capaz de asegurar el móvil mientras se teclean con avidez los mensajes.

Todos tienen en su pantalla los resúmenes de algunos diarios, una especie de Selecciones del Reader's Digers renovadas con las noticias de última hora, políticas o instigadoras de las últimas modas en pantalones o camisas. Suelen ir continuamente salteadas con fotos de pose, a veces de carácter erótico. Es la era de los selfies. Algunos usuarios jóvenes del móvil portan ya lentes por una anticipada presbicia. Han salido muy de mañana conectados y se acuestan de la misma forma. Probablemente lo coloquen al cabo sobre su mesilla de noche. Ésta es, sin duda, la generación mejor preparada; ¿pero, preparada de qué?

Comprenderemos que con esos mimbres no se puede pedir al cesto resultante lo que no ha de dar. Releguemos de una vez el libro y, en general, el papel (salvo el que sale por la impresora) al baúl de los trastos viejos, inservibles. La era de la imprenta parece agonizar lentamente. Las nuevas generaciones, como sus mayores, la han superado. Suyo es el futuro. ¡Muera Gutenberg y viva Bill Gates! ¿Qué hubiera sido de nosotros, en plena pandemia del Covid, sin los móviles?

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