Provincia

Un hombre mata a tiros a su cuñado y se suicida en El Viso del Alcor

  • Miguel R. V., de 67 años, muere a las puertas de su casa tras recibir dos disparos de escopeta efectuados por el hermano de su mujer

  • Los vecinos dicen que el agresor era un tipo raro, obsesionado con la limpieza de su casa

Policías y forenses trabajan en el lugar de los hechos, en El Viso del Alcor.

Policías y forenses trabajan en el lugar de los hechos, en El Viso del Alcor. / Juan Carlos Vázquez

A Antonio L. N., de 56 años, le conocían en El Viso del Alcor como el del plumero. Dicen los vecinos que siempre estaba limpiando con este objeto los barrotes de la ventana de su casa. La misma por la que este miércoles sacó el cañón de su escopeta de caza y descerrajó dos tiros contra su cuñado, Miguel R. V., de 67 años, que cayó muerto en mitad de la calle Joan Miró de este municipio, muy cerca de la salida del pueblo hacia la A-4. Después, cogió el arma de fuego y se pegó un tiro en el cuello. Aún vivía cuando llegaron los servicios sanitarios, pero murió al llegar al Hospital Virgen del Rocío.

Cuentan quienes vivían en las casas más próximas al lugar que Antonio era un tipo raro, maniático, obsesivo con la limpieza. Si veía algún papel tirado en la puerta de su casa lo pisaba y lo arrastraba con el pie hasta la esquina de la calle. Y en una charcutería próxima tuvo una bronca con la tendera porque le pidió dos euros de queso de El Cigarral y al pesarlo marcaba 2,10. "Le reprochó el tío los diez céntimos de más. Yo le hubiera quitado una loncha", relataba ayer una vecina de una vivienda próxima al lugar de los hechos.

El del plumero apenas se relacionaba con nadie del pueblo. Era soltero. O mocito, como se dice por aquí. Nunca se le conoció pareja. Vivía en el número 14 de la calle Joan Miró. En la casa colindante, un piso con cochera en el número 12, residía su hermana Amparo, casada con Miguel, la víctima del tiroteo de este miércoles. Los dos cuñados se encontraron a primera hora de la mañana y mantuvieron una discusión en la esquina del bar que hay al principio de la calle. Se desconoce el motivo, pero quienes los conocían aseguran que la relación entre ambos no era demasiado buena. Alguno apunta a que el origen del enfrentamiento era una herencia familiar.

La escena del crimen. La escena del crimen.

La escena del crimen. / Juan Carlos Vázquez

Fuera lo que fuese, Miguel se marchó al ambulatorio a pedir cita para una vacuna. Al volver a su casa, su cuñado lo estaba esperando con la escopeta cargada. Ya no hubo discusión. El agresor disparó dos veces contra su cuñado, al que alcanzó en el costado y la espalda. Miguel cayó al suelo, muerto prácticamente en el acto. Eran las diez menos veinte minutos de la mañana. Una vecina que salió a socorrerlo al escuchar las detonaciones se lo encontró en una posición antinatural, con la cara llena de arena o barro que había junto al bordillo.

Dentro de la casa, su cuñado se pegó un tiro con el cuello con la misma escopeta. Alguien llamó al 112. La primera noticia apuntaba a que el enfrentamiento a tiros se había registrado dentro de un bar. Nada más lejos de la realidad. El muerto estaba en mitad de la calle. Llegó una ambulancia que atendió al herido, en estado crítico pero aún vivo. Sólo pudieron mantenerlo con vida un rato más. Murió en el hospital Virgen del Rocío.

Un guardia civil, en la casa del agresor. Un guardia civil, en la casa del agresor.

Un guardia civil, en la casa del agresor. / Juan Carlos Vázquez

Mientras, en la calle Joan Miró de El Viso del Alcor se activaba el protocolo habitual para los casos de homicidio. La Policía Local colocaba un perímetro para que nadie accediera a la zona en la que cayó el cuerpo, mientras la Guardia Civil desplazaba al lugar de los hechos a sus investigadores. Un forense examinó el cadáver, al tiempo que los agentes de ambos cuerpos se afanaban en que los reporteros gráficos no pudieran tomar imágenes. Lo intentaron, en vano, colocando vehículos cruzados y sábanas.

Los familiares del agresor y la víctima fueron llegando al lugar de los hechos. Se quedaron en una esquina de la bocacalle, que lleva por nombre Plácido Fernández Viagas. Allí se vivían escenas de dolor. Uno de los hijos de la víctima (tenía dos varones, de 40 y 35 años) le decía a su madre lo malo que era su tío. "Pero era su hermano y lo quería. Ayer mismo le llevó un plato de garbanzos", decía una vecina, que aseguraba que la esposa de la víctima y hermana del asesino no se encuentra bien de salud. "Está mala de los nervios".

El hijo mayor gritaba que no quería la casa, en referencia a la vivienda en la que residía su tío. Quizás fue eso lo que hizo pensar a varios de los vecinos que era la titularidad de este inmueble, que fue propiedad de los padres del agresor, lo que motivó la discusión entre los cuñados.

Una ambulancia, entre familiares del agresor y la víctima. Una ambulancia, entre familiares del agresor y la víctima.

Una ambulancia, entre familiares del agresor y la víctima. / Juan Carlos Vázquez

La víctima, Miguel, tenía una parcela a las afueras del pueblo. Allí tenía una huerta y una pequeña granja. De su asesino no se conocía más actividad que la de limpiar compulsivamente los barrotes de su ventana. "Dentro no sabemos cómo tendría la casa". A la escena del crimen fueron llegando también los medios de comunicación. A los reporteros de televisión les costaba encontrar a personas que quisieran hablar a cámara. Los de prensa escrita lo tenían algo más fácil, siempre con el compromiso previo de no revelar ningún nombre.

Los periodistas informaban de que el agresor había muerto en el hospital. Ya era mediodía. De lejos se oía la algarabía propia del recreo de los niños del colegio público Alcalde León Ríos, situado a unos 200 metros del lugar de los hechos. "Menos mal", decía un vecino, vaticinando el terror que se habría vivido en el seno de la familia de haber sobrevivido. "Iba muy mal", apuntaba la mujer que presenció los trabajos del 061 tratando de reanimarle. Con su muerte se cierra también el caso.

Policías, guardias civiles y forenses. Policías, guardias civiles y forenses.

Policías, guardias civiles y forenses. / Juan Carlos Vázquez

El cuerpo del autor de los disparos fue trasladado desde el hospital hasta el tanatorio de San Jerónimo, donde tiene su sede el Instituto de Medicina Legal y donde se practican todas las autopsias a los fallecidos en Sevilla y provincia. Allí permanece junto con el de la víctima, cuyo levantamiento fue ordenado por la comisión judicial sobre la una y media de la tarde.

Una vecina respiraba aliviada. Tenía que recoger a su hija del colegio a las dos de la tarde y para llegar a su casa es obligatorio pasar por el lugar en el que se produjo el tiroteo. Estaba pensando en dar un rodeo, incluso en sentarse con la niña en un bar para tomar algo y hacer tiempo, pero los operarios del Tanatorio Nervión montaron el cadáver envuelto en una bolsa en la furgoneta poco antes de la hora de la salida del colegio.

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