Eduardo Trías | Productor audiovisual “Hacer cosas arriesgadas permite que Sevilla crezca”

  • Empezó sirviendo copas y pichando discos en la movida de Los Remedios de los ochenta. Luego vino la fotografía, la videocreación, la producción audiovisual, la gestión cultural y los documentales

Eduardo Trías, en su domicilio.

Eduardo Trías, en su domicilio. / Juan Carlos Muñoz

Hay algo muy ochentero en la personalidad de Eduardo Trías (Sevilla, 1961). Quizás un cierto sentido lúdico de la vida. Cuando cuenta sus andanzas le da la misma importancia a su época de pinchadiscos en La Recua o Pachá que a su último trabajo como director de una serie de cuatro documentales sobre la historia del cine del sur, ‘Rodar en andaluz’. Este productor y director se siente antes que nada fotógrafo. Como tal retrató a lo más granado de la noche sevillana de su momento y a buena parte de los artistas plásticos de la generación de los ochenta. Cuando se le pregunta por su larga época como director del Festival de Cine de Huelva no habla de actores o películas, sino de iniciativas marchosas como el Festibar o la caseta de las Colombinas. Estuvo en el epicentro de la movida madrileña, como constata un retrato realizado por García-Alix en la que luce peinado de moderno de aquellos tiempos. Después, ya en Andalucía, tuvo innumerables cargos directivos en la producción audiovisual y la gestión cultural, como la dirección del Festival de Western de Almería. Ahora trabaja en una nueva serie de documentales sobre la ‘Andalucía de novela’. También en la redacción del Plan Estratégico del Audiovisual Andaluz y en un proyecto fotográfico en la sala utrerana de Ignacio González, el fundador de la revista Photovision.

–Nació en Villanueva del Río y Minas, ¿un niño de pueblo?

–Nací allí porque, siguiendo la tradición, mi madre fue al pueblo para tenerme. Pero mis padres ya vivían en Sevilla. Pertenecían al segundo aluvión de Los Remedios. Todos los fines de semana íbamos a Villanueva. Eso me permitió una infancia curiosa: entre semana era totalmente urbano, pero los sábados y domingos me trasladaba a la casa de mi abuelo veterinario, llena de animales, donde vivía asilvestrado. Esa dualidad es un valor añadido, me forjó el carácter.

–¿Y cómo era aquella Villanueva?

–Menos agraria que otros pueblos de la comarca. Debido a su carácter minero estaba dominado por ingleses y franceses, incluso tenía un colegio de maristas, lo que para la época era mucho. Desde muy pronto llegó el ferrocarril, porque la expansión del tren y la minería estuvieron muy vinculadas en España. Era un pueblo por encima de la media nacional.

–¿Cómo empezó en la fotografía?

–Con el dinero que ganaba trabajando en el mítico bar La Canasta me compré mi primera cámara, una Olimpus OM-2, que era magnífica.

–Aunque no ha sido su actividad principal, la fotografía siempre ha estado muy presente en su trayectoria.

–El que es fotógrafo lo es para toda la vida, tiene una mirada fotográfica de las cosas. Ansel Adams dijo que un fotógrafo no hace solo fotos con su cámara, las hace con los libros que ha leído, las películas que ha visto, los viajes que ha hecho, la música que ha escuchado y las personas que ha amado. …

La noche sevillana era muy fresca y simpática, una cosa deliciosa de amigos y pandilleo

–Fue la época de Los Remedios como barrio alegre de la ciudad.

–Era el inicio de la movida de Los Remedios, con gente histórica de los bares como Paulo Calvo, Manolo León, Lelín, Beni… Venía gente de toda Sevilla a tomar copas. Después de La Canasta vinieron Las Riendas, El Faetón, donde yo trabajé pinchando discos. Más tarde se crearon el Wind, el Alfonso, la Recua…

–Los primeros bares de esa época eran un local en bruto con una barra de Cruzcampo y poco más.

–La Canasta, que fue el primero, había sido una antigua sala de taekwondo. No se molestaron ni en quitar un enorme puño de escayola que había en la pared.

–La Recua fue una discoteca de verano también importante, una ‘víctima’ de la construcción de la SE-30.

–Yo llevé todo el tema de la música. Por entonces ya vivía en Madrid y me traía discos que aquí no se entendían y me pitaban. Al final tuve que pactar con la realidad y poner todas las noches diez minutos de sevillanas.

–Es decir, que se ganó la vida en el turbio mundo de la noche. Dicen que estropea a la gente.

–Yo no diría turbio. Evidentemente veía los peligros y los precipicios, sobre todo en Madrid. Eso depende del carácter de cada uno. Comparada con la madrileña, la noche sevillana era muy fresca y simpática, una cosa deliciosa de amigos y pandilleo. Lo malo de vivir de la noche es si te quedas ahí para siempre porque no tienes capacidad de dar el salto a otro sitio. Hay muchas generaciones en Sevilla que nos hemos criado en la noche.

–Volvamos a sus inicios como fotógrafo.

–Empecé haciendo fotos a mi novia, a mis amigos… tengo un catálogo increíble de toda esa época de ambiente nocturno en Los Remedios. Pensé en ganarme la vida haciendo fotos e hice algunos trabajos como freelance para algún periódico, pero pronto me di cuenta de que vivir de eso era muy difícil. Aun así, hice algunas cosas interesantes más tarde, como un reportaje amplio, muy bien pagado, de un concierto de Nina Hagen para Interviú. Quizás, porque era joven y mono, le gusté y me hizo unos posados espectaculares.

La misma noche que llegué de Madrid José Luis Calvo me ofreció ser directivo de Productora Andaluza de Programas

–Estudió algunos cursos de Derecho, ¿no?

–Empecé a estudiar la carrera en Sevilla, al mismo tiempo que trabajaba en los registros de la propiedad y mercantil, donde iban los abogados jovencitos a hacer el papeleo. Pronto supe que no quería algo así para mí. Dejé Derecho para irme a Madrid a estudiar Ciencias de la Información. Mi padre me aseguraba la manutención básica, el resto me lo tenía que buscar yo. Seguía trabajando de fotógrafo para La Máquina Española de Madrid con una cámara sinar, una de esas con fuelle y trípode, que me compró Pepe Cobo.

–La Máquina Española fue una de las grandes galerías de arte contemporáneo en la España de los ochenta, y su primera sede estuvo en el Arenal. Usted siempre ha estado muy relacionado con los artistas plásticos.

–Siempre he estado muy cerca de la pintura, incluso algún amago hice. Tengo grandes amigos pintores: Ricardo Cadenas, que conozco desde que nadábamos en el Mercantil; Rafa Agredano, que era vecino mío en Mazagón; Gonzalo Puig, con el que compartí casa en Madrid dos años; Curro González, Patricio Cabrera, Javier Buzón, Guillermo Paneque, Espaliú… sobre todo la gente de La Máquina Española. Yo fotografié la obra de todos ellos y también hice trabajos para la revista Figura. Sobre todo tuve una gran amistad con quien cohesionó al grupo y le dio una visión que superaba lo local: Paco Molina.

–¿Fue muy dura la vida en Madrid sin un duro en los bolsillos?

–Además de fotógrafo trabajaba en todo lo que me salía. Llegué a pinchar discos en Joy Eslava, estuve de relaciones públicas en Pachá, en la sala Morasol… Incluso tuve un programa en una radio pirata que se llamaba Mercurio. Un día, para ver si tenía público, dije en antena que el primero que llamase se llevaría dos entradas para un concierto de los Rolling. Era mentira, yo las había comprado para ir con mi novia y no pensaba regalarlas. Aun así no llamó nadie, sólo mi novia de entonces para preguntarme si esas entradas eran las nuestras. Ese día dejé la radio.

–Veo que en Madrid siguió trabajando en la noche.

–Sí, para mí fue muy importante trabajar en el bar Entreacto, que estaba al lado de los cines Alphaville de Martín de los Heros, de cuyos dueños me hice amigo. Veía todas las películas gratis. Por allí pasaba todo el mundo del cine, empezando por Almodóvar, y empecé a hacer amigos.

Cuando cogí el Festival de Cine de Huelva estaba hundido, pero conseguimos que creciese mucho y bien

–Le cogió su época madrileña en plena movida. Estoy viendo el retrato que le hizo García-Alix, no puede ser más ochentero.

–Fue en el Candela, un lugar mítico del flamenco donde había una foto mía que le hice a los Pata Negra, los hermanos Amador. El que está cortado y no se le ve la cara es Joaquín Albaicín. García-Alix le iba a hacer el retrato a él, que era un escritor gitano muy dandi, pero no se llevaron bien y acabó retratándome a mí.

–¿Y cómo dio el paso al mundo de la producción audiovisual?

–Durante la carrera colaboré con varios proyectos de cine e hice videocreación. En este campo traté con gente como Manuel Palacio, el mejor teórico en la materia que ha tenido España. Cuando acabé la carrera regresé a Sevilla en una furgoneta de La Máquina Española que Pepe Cobo me dejó para que trajese mis cosas. La noche que llegué aparqué en un chiringuito que tenían los Calvo en el campo de la Feria para que me la vigilasen. Fui a saludar a los amigos y allí mismo, esa misma noche, José Luis Calvo me ofreció ser Director de Producción de la recién creada empresa pública Productora Andaluza de Programas, que pertenecía al IFA (Instituto de Fomento Andaluz), creada para dinamizar y favorecer la creación de un tejido audiovisual andaluz. Nos metimos de cabeza en la Expo.

–Ahí empezó una larga carrera que le llevó a muy distintos cargos relacionados con el mundo audiovisual. La Expo fue una experiencia decisiva para su generación, tanto profesional como personalmente.

–Hay varios hitos en mi vida y la Expo fue uno de ellos. Crecí tecnológica y empresarialmente, pero sobre todo conocí a personas de muchos países. Todavía conservo amigos de Australia, Suecia, Italia… Allí empecé con la televisión de alta definición, hice dos videocreaciones, tuve mucha relación con Jacinto Pellón, con Tele Expo… Fue una escuela para Sevilla, nunca entendí las críticas que le hicieron. Antoni Muntadas quiso hacer una videoinstalación que era un quiosco recogiendo toda la prensa contra el 92. Se lo presentamos a Pellón, pero nos mandó al garete.

–Otro de sus hitos vitales fue la dirección del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.

–Ocho años. Fui el director más longevo desde que el Festival se hizo público. Cuando yo lo cogí, en 2006, estaba hundido, incluso algún amigo me recomendó que no aceptase la oferta. Fueron unos años apasionantes, el Festival creció mucho y muy bien, pese a que en 2008 estalló la crisis y sufrimos mucho económicamente.

–Huelva es una ciudad muy desconocida para los sevillanos.

–Yo conozco bien Huelva desde niño, porque hasta los 25 años veraneé en Mazagón. Era una ciudad que tenía una arquitectura modernista fantástica y el buen ambiente de un pueblo grande, aunque eso se lo cargaron y sólo quedan cuatro cosas. Pero en los últimos tiempos se ha beneficiado de una cierta globalización. El problema que tiene Huelva es que los propios onubenses no aman mucho a su ciudad. El sueño de muchos de ellos es irse de la ciudad.

En Sevilla tenemos mucha capacidad de oponernos a las cosas nuevas, pero después las hacemos nuestras”

–¿Y no levantó suspicacias el hecho de que usted fuese sevillano?

–En mi primera rueda de prensa un periodista me preguntó por qué me habían hecho director si yo era sevillano. Le contesté que mi primera novia había sido de Huelva. Él me dijo que esa respuesta era absurda. “Igual que tu pregunta”, le contesté. Se acabó el asunto.

–¿De qué se siente más orgulloso de su paso por Huelva?

–Fomenté que fuese un punto de encuentro entre la industria y el talento. También algo que había estado muy olvidado por mis antecesores: la conexión con el público de Huelva. Creé el Festibar para que los invitados tuviesen un sitio a donde ir, conocerse y, desde allí darse una vuelta por la ciudad. Salió tan bien que me pidieron que crease una caseta del Festival en las Colombinas. Lo hice a las sevillanas maneras, con buena música –a un volumen que permitiese hablar– y una zona aparte para bailar. Me llevé al que era el mejor restaurador de Huelva en ese momento. Fue un éxito. El propio alcalde, Perico Rodríguez, dijo públicamente en un acto que tenía narices que tuviese que venir un sevillano para hacer la mejor caseta de las Colombinas.

–¿Y Sevilla?

–Me encanta. Es lo contrario de Huelva, una ciudad que se gusta a sí misma y en la que sus habitantes se sienten orgullosos de vivir. El otro día estuve en el acto de inauguración de la plaza que han dedicado a Sánchez Monteseirín…

–Un alcalde polémico...

–En Sevilla tenemos mucha capacidad para oponernos a cosas nuevas como las Setas, la Pelli, el carril bici..., pero sin embargo las terminamos haciendo nuestras. Lo único que no me gusta de esa época es el Metrocentro, porque tuvo muy poco desarrollo. Pero la gente tiene derecho a equivocarse, lo que no tiene sentido es no intentarlo, no moverse. Hacer cosas arriesgadas permite que Sevilla crezca. Recuerde que hasta hubo oposición a tirar el muro de Torneo.

–¿Es cierto que fue costalero?

–Sí, en La Paz, el primer año que llevó cuadrilla de hermanos costaleros. Lo hice como una aventura de juventud, no por ningún sentimiento capillita. Aquello fue muy gratificante. Que cuarenta y cinco personas, a golpe de martillo, hagan un esfuerzo juntos y lleven sobre sus hombros la tradición de la ciudad… es emocionante. El cura no se fiaba mucho de que pudiésemos llegar a la Catedral y volver.

–Por supuesto tenemos que hablar de su labor como director y de la serie de cuatro documentales que ha hecho sobre la historia contemporánea del cine del sur: ‘Rodar en andaluz’.

–Me llamó Pedro Pinzolas y me dijo: “Eduardo, desde los años 70 a la actualidad tú has estado prácticamente en todas las etapas del cine andaluz, conoces a todo el mundo, ¿por qué no hacemos un documental sobre el tema?”. El noventa por ciento de la gente que sale en el documental son amigos o conocidos, lo cual se nota. Lo dividimos en cuatro entregas. La primera los años 70, que fue una década muy voluntariosa y artesanal. La evolución del cine andaluz está muy influenciada por la facilidad o no de acceder a la tecnología. En aquella época no era fácil encontrar en Sevilla una buena cámara de cuerda, había que irla a comprar a Madrid. En la segunda década, la de los ochenta, la figura central es Pancho Bautista, que empezó a crear un poco de industria. Su película Se acabó el petróleo fue durante años la cinta más taquillera del cine español. Antes había producido y escrito el guion de Manuela, dirigida por García-Pelayo, que se puede considerar como la primera película del nuevo cine andaluz. En los ochenta también apareció Canal Sur, que fue muy importante para el sector audiovisual. En los noventa ya aparecieron figuras como Antonio Pérez, Antonio Cuadri, Juan Sebastián Bollaín… Fue en 2000 cuando llegó la gran explosión con Alberto Rodríguez, Santi Amodeo, Gervasio Iglesias, Paco Baños, etc. Ya era muy fácil acceder a la tecnología y el talento se podía expresar con menos trabas. Justo en 1999 es el momento en el que se hacen películas como Yerma, de Pilar Távora, con Aitana Sánchez-Gijón e Irene Papas, y sobre todo, Solas, de Benito Zambrano, que crea un antes y un después. La gente empezó a creérselo y se lanzó. Paramos en 2010 para tener un poco de perspectiva.

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