Javier Escalera. Profesor Titular de Antropología de la Universidad Pablo de Olavide “El turismo convierte en mercancías la identidad y la cultura de la gente”

  • Este antropólogo de la escuela sevillana centra actualmente sus trabajos en la ‘turistificación’ de urbes y espacios naturales y en los elementos que pueden amortiguar sus efectos

Javier Escalera, en su despacho de la Pablo de Olavide Javier Escalera, en su despacho de la Pablo de Olavide

Javier Escalera, en su despacho de la Pablo de Olavide / Juan Carlos Muñoz

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El despacho de Javier Escalera Reyes (1957), sevillano nacido en la Macarena y criado en Triana, está presidido por los retratos de dos músicos: el primero es el de Miles Davis, el mítico jazzista al que escuchó tocar en la ciudad en los ochenta; el segundo es el de Carlos Cano, al que apenas conoció, pero con el que coincide “en una determinada manera de sentirme andaluz”. Antropólogo formado en la Universidad de Sevilla bajo la batuta de Isidoro Moreno, actualmente enseña esta disciplina en la Universidad Pablo de Olavide, donde también dirige el Grupo de Investigación Social y Acción Participativa (GISAP) y el CEI Cambio, que dormita por falta de medios. Aunque la conversación se desarrolla principalmente sobre la ‘turistificación’ de Sevilla y la pérdida de identidad de la ciudad, bien se podrían haber tratado otros temas en los que Javier Escalera también ha trabajado: asociacionismo, la investigación participativa, el patrimonio cultural del agua en Andalucía, etcétera. Entre sus obras destacan ‘La experiencia de la participación social en el Corredor Verde del Guadiamar’ (2008), ‘Consumir naturaleza. Productos turísticos y espacios protegidos en Andalucía’ (2010) o ‘Public Participation, Socio-ecological Resilience and Environmental Restoration: Lessons from two contrasting cases from Andalusia and Costa Rica’ (2011).

–Háblenos de su vocación, ¿cómo surgió?

–Como tantas cosas, la vocación es algo que se construye. Cuando empecé a estudiar Historia descubrí la Antropología como una disciplina que conectaba diferentes cuestiones y saberes. La Antropología pretende integrar distintas dimensiones. El hecho de vivir en Sevilla, una ciudad con una personalidad tan fuerte y compleja, me influyó también.

–Un tema central de la Antropología es el de las identidades. Pese a la globalización estamos en un auténtico resurgir: Cataluña, el Brexit, Europa del Este, EEUU.

–La identidad es un campo amplísimo. Usted ha hecho referencia a identidades políticas, nacionales, pero hay otras muchas identidades colectivas: las de género, las generacionales, las religiosas... La tendencia hacia la uniformización en torno a una cultura muy concreta propicia también que se refuercen otras identidades contrapuestas y que se llegue, incluso, a la confrontación.

–¿Guerra de identidades?

–No tiene por qué ser necesariamente así. El origen de las identidades es compartir con los otros –algo que forma parte de nuestra naturaleza como especie– no la lucha o la contraposición. Es cierto que el referente externo es imprescindible en la forja de una identidad, pero eso no significa que necesariamente se tenga que entrar en conflicto con éste. La base de las identidades está en la necesidad de generar espacios compartidos por gente concreta.

–¿Las identidades se construyen?

–Todo lo humano se construye. Los seres humanos tenemos una base genética y biofísica, pero nuestra existencia como especie es sobre todo un producto cultural que se construye sobre símbolos, ideas, representaciones, etc., que nos sirven para reconocernos como parte de un grupo.

–Sin embargo no es raro ver mezcolanzas de identidades. Por ejemplo, es curioso ver a los militantes antiglobalización vestidos con moda global (las mismas mochilas, gorras, vaqueros...).

–Eso nos da una idea de la complejidad del fenómeno identitario. Las personas podemos tener diferentes identidades. Me puedo identificar como hombre, andaluz, musulmán, ecologista, vegano... Son distintos niveles de identificación que me hacen sentir parte de diversos colectivos, unos más concretos y otros más abstractos, pero en ningún momento incompatibles. Los contextos y las circunstancias facilitan la activación de una identidad o de otra.

–Un fenómeno muy vinculado a esta relación entre identidad y globalización es el turismo, un tema sobre el que usted trabaja. Es curioso, porque el turismo no deja de ser una búsqueda de otras identidades, quiere y busca la diferencia, pero al mismo tiempo es un potente agente globalizador.

–En los últimos años estamos trabajando en antropología ambiental, la relación de los seres humanos con el medio en el que viven, y dentro de ese ámbito estamos dedicando una especial atención al turismo, que es un fenómeno global evidente en el que se mezclan una gran cantidad de cuestiones, por ejemplo la conversión de las identidades en mercancía. El turismo convierte en mercancía la identidad y la cultura de la gente que, en algunos casos, desemboca en la disolución de las mismas, sobre todo en las sociedades más débiles.

–En Sevilla se ha registrado un auténtico boom en los últimos tiempos.

–Es un fenómeno preocupante. Nadie puede negar sus efectos positivos, porque genera ingresos y empleo en una ciudad como Sevilla, con pocas opciones de desarrollo. El problema es el modelo turístico que tenemos y quiénes se benefician de éste. En Sevilla todavía no hemos llegado al nivel de Venecia, en el que está en riesgo la misma urbe, pero estamos en camino. Se está produciendo una auténtica pérdida de la identidad de la ciudad.

–Ese modelo del que usted habla está basado en las aerolíneas low cost, en los apartamentos turísticos, en las grandes cadenas gastronómicas... Todo esto produce una democratización del fenómeno.

–Yo no utilizaría la palabra democratización, pero sí masificación o popularización. Esto, en principio, no es malo. Que una gran cantidad de personas tengan la capacidad de conocer nuevos lugares es positivo. La cuestión es cómo se hace y a costa de qué. Por ejemplo, las low cost pueden parecer beneficiosas, pero hay que tener en cuenta que su negocio está basado en buena medida en la ayuda directa o indirecta que le brindan los poderes públicos, como ocurre con Ryanair en Sevilla.

–Otra cuestión es el coste ambiental del turismo.

–Sí, la emisión de gases de efecto invernadero por parte de los aviones, por ejemplo. Todos esos elementos hay que tenerlos en cuenta a la hora de poner las cosas en su justa medida.

–El turismo conlleva también una degradación estética.

–Estética y ambiental. Piense sólo en la cantidad de residuos que genera. Al final, eso hace que los más privilegiados busquen nuevos destinos, incluso el espacio exterior, mientras que a la mayoría se le deja lo que ya está degradado. En el caso de Barcelona es evidente: una ciudad con glamour que ha perdido muchísimo por haberse entregado a un turismo de muy poca calidad.

–En el turismo ecológico ocurre un poco lo mismo. Quizás ha existido una política de hacer demasiado asequible los lugares al gran público. Hoy, queremos llegar a cualquier rincón en coche o autobús, lo que muchas veces supone una banalización de la naturaleza.

–La paradoja es esa: la popularización de un paisaje o un monumento termina poniendo en riesgo el propio espacio que se promueve como atractivo turístico. Un ejemplo muy cercano es El Caminito del Rey, recientemente restaurado. Ahora mismo tienes que solicitar la visita con meses de antelación, lo que echa para atrás a mucha gente que está realmente interesada.

–¿Pero la política de hacer excesivamente asequibles los espacios naturales es acertada?

–La accesibilidad no es mala en sí misma. El uso público de los espacios protegidos es fundamental. No tiene sentido, como se hacía antes, aislar estos lugares y convertirlos en santuarios. Pero el facilitar que la gente interesada pueda disfrutar de los sitios es diferente a la masificación y, sobre todo, a su puesta al servicio de los intereses comerciales, que son legítimos, pero que muchas veces nos llevan a ese uso exagerado del que estamos hablando.

–Sigamos con Sevilla y el efecto del turismo.

–Como decía, está provocando la pérdida de la propia identidad de la ciudad. Se ve claro en la expulsión del poco vecindario que queda ya en el Casco Antiguo, porque debido a los apartamentos turísticos, es imposible alquilar o comprar pisos. En los años 80 y 90 asistimos a lo que se conoce como gentrificación, es decir la expulsión del centro de la gente humilde, que fue sustituida por clases profesionales, pero que seguían siendo sevillanos. Ahora estamos asistiendo a la turistificación, es decir, que esos profesionales está siendo expulsados por los apartamentos turísticos. Es un fenómeno perverso que lo que está haciendo es vaciar el centro de vecinos, quitándole vida y empobreciéndolo.

–Por ejemplo, la desaparición del comercio en algunas zonas es ya llamativo. Sólo hay pseudobares típicos o de cocina internacional.

–Es lógico, porque con la turistificación el objetivo de la ciudad pasa a ser atender la demanda de unos visitantes que están sólo dos o tres días y que requieren una serie de servicios muy básicos, pero no tiendas de proximidad como zapaterías, mercerías, mercados de abastos, etc... Así, la ciudad pierde riqueza y sensibilidad.

–Ha hablado de gentrificación. En su día, usted trabajó sobre el Plan Urban que transformó La Alameda-San Luis. De ahí surgió La ciudad silenciada.

–Ese trabajo nos lo pidió José Luis Pons, que estaba entonces en la Gerencia de Urbanismo y que era un hombre concienciado con que el Plan Urban debía contemplar la dimensión social que se incluía en los requerimientos de la Unión Europea. Intentamos hacer un diagnóstico de un territorio que en ese momento estaba muy degradado en muchos sentido. Contamos lo que había frente a determinadas lecturas interesadas que describían aquello como un lugar infecto poblado por drogadictos y marginales, una agujero negro que había que sanear. Por contra, nosotros pusimos de relieve que eran ciertos esos problemas, pero que también había otras cosas y personas: artesanos, artistas, comercio tradicional, gente trabajadora, espacios de sociabilidad, formas de vida que estaban desaparecidas en otras partes de la ciudad... Si lo que se quería era hacer una rehabilitación social del casco norte, y no sólo física, había que tener en cuenta todos esos elementos.

–En estos días he estado leyendo Elogio del Bistrot, de Marc Augé, un canto de amor a este tipo de bar parisino, pero también un aviso sobre su progresiva sustitución por franquicias de restauración. ¿Y Sevilla, qué está perdiendo?

–Se están perdiendo espacios. Hay zonas de Sevilla que ya han sido transformadas y puestas al servicio del turismo: la Avenida de la Constitución... Especialmente llamativo es el Barrio de Santa Cruz, donde el nivel de desarraigo es amplio. Yo recuerdo de chico jugar a la pelota en la Plaza de Doña Elvira... ahora a ver quién es el guapo que lo hace. Recuerde el antiguo mercado dominical de animales de la Alfalfa, que se remontaba al siglo XII, pero que hace unos veinte años se eliminó de un plumazo porque era una actividad que producía suciedad y se registraban algunos trapicheos ilegales... Se suprimió un elemento que formaba parte de la ciudad desde hacía siglos, cuyos problemas se podrían haber solucionado con regulación o autorregulación. ¿Cuál ha sido la consecuencia? Que la Alfalfa sea hoy en día un enorme velador tomado por despedidas de solteros. Los vecinos que en su día se quejaban del guirigay de los domingos ahora lo tienen prácticamente a diario.

–El problema del turismo es que todos somos víctimas, pero también todos somos asesinos. ¿Quién no ha sido turista?

–Es un problema de concienciación, de educación. Saber que cuando tú vas a un sitio eres un elemento extraño que estás usando algo que no te pertenece; que tienes que ser respetuoso con el lugar, pero también con la gente.

–Educación, respeto... volvemos a palabras que habían sido tachadas de carcas.

–Son palabras que tienen que ver con valores que deben marcar nuestras conductas y acciones. Hoy en día, mucha gente ha perdido esos referentes.

–¿Qué es la resiliencia socioeconómica?

–El concepto resiliencia procede de la ecología y tiene que ver con la capacidad de un ecosistema de sobreponerse a situaciones de estrés y trauma, de regenerarse manteniendo los elementos básicos de su identidad. Una ciudad como Sevilla es un socioecosistema y nosotros estamos estudiando ver qué tipo de elementos podrían servir como fortalecedores de la resiliencia, que puedan servir de contrapeso, por ejemplo, a los efectos negativos del turismo.

–Dígame algunos de estos elementos.

–Por ejemplo, las fiestas. Sobre todo la Semana Santa, pero también la Feria, que sigue mostrando un fuerte rechazo a ser expropiada por el turismo. Como en la película de Los Compadres, algunos quieren convertir la Feria en una especie de parque temático permanente. También está la Velá de Santa Ana. En general, son momentos en los que se retoman y renuevan vínculos y formas de relación que en otras ciudades ya han desaparecido.

–El alargamiento de la Feria es una clara cesión a la presión del turismo.

–Sí, pero aún así es un fenómeno que tardará mucho tiempo en rendirse al turismo. En ese sentido es muy importante que las casetas sigan siendo privadas, que sean las extensiones de las casas de los sevillanos. El día que eso desaparezca la Feria de Abril se convertirá en un mero espectáculo.

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