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Lola Pons. Profesora de Lengua Española de la Universidad de Sevilla

“Que se diga ‘jigo’, ‘jarto’ o ‘jambre’ se debe a la influencia del euskera, no del árabe”

  • Esta investigadora, docente y divulgadora es la savia nueva de la fructífera escuela sevillana sobre la historia del idioma español, un relato apasionante lleno de cambios y mestizaje

Lola Pons, en su despacho, durante un momento de la entrevista. Lola Pons, en su despacho, durante un momento de la entrevista.

Lola Pons, en su despacho, durante un momento de la entrevista. / José Ángel García

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Pocos docentes universitarios tienen tan claro su ‘obligación’ de divulgar y hacer asequible a la sociedad sus trabajos académicos como Lola Pons. Nacida en Barcelona “accidentalmente”, en 1976, esta profesora del Área de Lengua Española de la Universidad de Sevilla colabora con numerosos medios de comunicación para difundir sus extensos conocimientos sobre la historia de la lengua española, un idioma que nació del encuentro del latín ‘degenerado’ con otras formas orales como el vascuence o el aragonés-catalán. Hablar con Lola Pons supone comprender que toda lengua es un proceso en continua evolución donde la pureza es un espejismo, una lección importante en unos momentos en los que los idiomas son usados como armas arrojadizas. Discípula del fallecido Manuel Ariza Vigueras, la profesora Pons pertenece ya por derecho propio a esa fructífera escuela sevillana sobre la historia de nuestro idioma. Prueba de ello son publicaciones como La Lengua de Ayer. ‘Manual Práctico de Historia del Español’ o ‘Queja política y escritura epistolar durante la Guerra de la Independencia’, entre otros. Como divulgadora destaca por su libro de éxito ‘Una lengua muy muy larga. Más de cien historias curiosas sobre el español’.

–Se lo habrán preguntado muchas veces, ¿castellano o español?

–Desde un punto de vista filológico, siempre recomiendo hablar de castellano hasta el siglo XV. Hablar de español tiene más sentido a partir del XVI, que es cuando la Monarquía Hispánica funda esa idea de Estado o país que tenemos. Cuando se hacen encuestas sobre cómo denominan las personas a su idioma, la respuesta suele depender de la zona: “castellano”, en las regiones bilingües, y “español”, en otras como Andalucía. En Filología también se usa el término castellano para referirnos al español hablado en Castilla actualmente, queaasimismo se estudia como variedad dialectológica.

–A la vista está que el uso del idioma, más que para unir, como dicen algunos con evidente optimismo, sirve muchas veces para enfrentar a las personas.

–Eso es algo relativamente moderno. En la larga historia de los estados europeos, las lenguas no han sido un problema. Pero, desde el siglo XIX, la identidad de los pueblos se asoció a la lengua y se configuró una idea muy equivocada de que cada Estado ha tener un solo idioma. Paralelamente surgen nacionalismos periféricos que también tienen en el idioma una de sus principales señas de identidad. La lengua se usa como un arma política, algo con lo que no estoy de acuerdo.

–La historia de España es convulsa. ¿La de su lengua también?

–No existe la lengua fuera de la sociedad. El idioma español pasa por convulsiones, por momentos muy importantes de cambios en los que se precipita, como los acontecidos en los siglos XIII, XVI-XVII o XIX. Son épocas revolucionarias que le cambian la cara a la lengua. Salimos del siglo XV con un sistema fonético y del XVII con otro diferente que, además, ha dado lugar a dos grandes normas del español: la castellano-norteña y la meridional, que es con la que usted y yo nos comunicamos ahora mismo. Involuntariamente o no, los periodos de la lengua suelen coincidir con las grandes etapas de la historia de sus hablantes... Hay un castellano medieval, un español áureo y un español moderno que, recientes investigaciones, han descubierto que no es tan antiguo como pensábamos, sino que se consolida en fechas relativamente recientes.

–¿Qué fechas?

–En el XIX todavía tenemos muchas estructuras en variación. Por ejemplo, el léxico se renueva muchísimo en ese siglo debido a factores como el periodismo y la ciencia. También aparece el uso del usted como fórmula de cortesía...

–Sobre el siglo XIX, junto al profesor Álvaro Octavio de Toledo, ha publicado el libro ‘Queja política y escritura epistolar durante la Guerra de Independencia’.

–La Guerra de Independencia produjo muchísima documentación, en la que no tanto cambió la lengua como sí la manera de acercarnos a la escritura. Se animó a los ciudadanos a que escribiesen a la Junta Suprema para comunicarle cualquier asunto de interés que pudiese afectar al curso de la guerra. Escribieron personas de toda laya: un cura culto que preconiza la victoria, pero advierte que la guerra es un castigo de Dios por los pecados de España; un panadero de Triana que denuncia que hay contrabando al lado de su casa; mujeres espías que pasan información sobre los franceses... Es decir, que hay una democratización de la escritura. Sobre todo, nos interesan las cartas escritas por los menos instruidos.

–Hablemos del origen del castellano en esa zona de confluencia entre el norte de Castilla y la Rioja.

–Las lenguas romances, en general, nacen porque el latín oral se ha disociado fuertemente del escrito y ha evolucionado de forma diversa según los territorios. En esto tiene mucho que ver el relativo aislamiento de muchas zonas de Europa Occidental tras las invasiones germánicas. En la Península Ibérica, junto al nacimiento de lenguas romances que desaparecieron o perdieron grandes masas de hablantes –como el mozárabe o el leonés–, el castellano, debido a la expansión política y militar de la Corona de Castilla, se extendió ampliamente.

–¿Cómo fue el parto?

–El castellano nació con unas características muy interesantes que tienen que ver con la confluencia de la evolución del latín (el riojano o el castellano) con lo eusquérico. En la zona donde nació había muchos vascoparlantes que también estaban versados en lenguas romances. Lo interesante es que algunos rasgos del vascuence de esa época pudieron pasar al idioma castellano que estaba naciendo.

–¿Como cuáles?

–La aspiración de la f latina inicial. Que se siga diciendo jarto, jambre, jumo, jermoso o jigo es algo que viene del euskera.

–Yo creía que era influencia del árabe.

–El relacionar las aspiraciones con el árabe es un tópico que intentamos desmontar. Es cierto que hay algunas palabras que vienen de esa legua que tienen aspiración y hoy escribimos con h, pero el gran fenómeno fonético que es la aspiración afectó a toda la superficie castellanohablante durante la Edad Media. Lo curioso es que primero se consideraba como algo vulgar, pero esto cambió con el tiempo. Ya en el siglo XVI vemos cómo en los versos de Garcilaso hay que aspirar la h, porque, si no, no se puede hacer sinalefa. En el XVII vuelve a ser un rasgo vulgar que va desapareciendo poco a poco y se conserva sólo en Andalucía occidental.

–Es muy curiosa esa influencia del vascuence en el nacimiento del castellano.

–El euskera es la única lengua prerromana que se ha conservado. Se perdió el celta, el lusitano... Desde su nacimiento, el castellano fue sumando influencia de otras lenguas de su entorno, como el romance leonés, el aragonés-catalán y, por supuesto, el euskera.

–¿Y la actual hegemonía del castellano se debe sólo a una cuestión política, o es que es una lengua mejor dotada para la comunicación?

–Todas las lenguas están igualmente dotadas para la comunicación. La expansión del castellano, como dijimos antes, tiene que ver sobre todo con la historia militar y política de Castilla.

–Hagamos de futurólogos, ¿hacia dónde va el español?

–Léxicamente se observa una cierta globalización facilitada por los medios de comunicación, lo que nos hace perder cierta riqueza. En lo que se refiere a la sintaxis no se pueden hacer predicciones...

–Lo que sí parece claro es que se ha conjurado el peligro de que le ocurriese lo mismo que al latín, que se disgregarse en numerosos idiomas.

–Eso fue un temor que tuvieron algunos lingüistas del siglo XIX con las independencias americanas. Sin embargo, hoy vemos que sigue existiendo la unidad entre el español de América y el peninsular, aunque sí hay normas y estándares diferentes. En ese sentido, el español es una lengua pluricéntrica. Hay muchas formas de hablarlo correctamente.

–La falta de peso científico y tecnológico de los países de habla hispana obliga al idioma a adoptar muchos extranjerismos. ¿Eso es preocupante?

–La aparición de préstamos, que en esta etapa son fundamentalmente anglicismos, no me parece especialmente escandalosa, porque muchos son modas que desaparecerán. Pero sí es preocupante el hecho de que haya disciplinas en las que los científicos hispanohablantes tengan que escribir directamente en inglés porque ya no se usa el español en las mismas. La acuñación de un léxico científico en español es un logro que se remonta al siglo XIII, con Alfonso X, y que no se puede perder.

–Hablemos del castellano en Andalucía, del seseo y el ceceo.

–El sistema fonético castellanomedieval era único, pero a partir del siglo XVI se escinde en dos: la variedad que emana del reino de Sevilla, que es la que genera el seseo y el ceceo; y la variedad que se vincula al entorno de la corte y al centro del Reino, que opta por la distinción entre la s y la c.

–¿Y por qué se considera más rústico el ceceo que el seseo?

–Porque cualquier valoración de un rasgo lingüístico está interferida por nuestra valoración de los hablantes que lo practican. Como la capital de Sevilla ha sido seseante y los pueblos ceceantes, el primer rasgo se ha asociado a un mayor prestigio.

–¿Qué nos cuenta de su estudio ‘El paisaje lingüístico de Sevilla’?

–Fue mi primera incursión en dialectología urbana. En este trabajo estudié los signos lingüísticos que se encuentran en la calle (carteles, grafitis, rotulación del viario, etcétera): ¿cómo son? ¿En qué lenguas están escritos? En una ciudad que es aparentemente monolingüe me encontré que había más de treinta lenguas en su paisaje, y no sólo el inglés o el japonés para los turistas, sino también muchas lenguas de inmigración (wólof, rumano...). También encontré bastante documentación de placas y rótulos en castellano antiguo. Me interesó mucho cómo palabras españolas que partieron a las Indias habían regresado y se hacían presentes en esas tiendas de productos nostálgicos que se pueden encontrar en los barrios con inmigración latina.

–¿Palabras de ida y vuelta?

–Exacto, al igual que los cantes.

–Dígame alguna.

–Almojábana [tipo de torta o panecillo], una palabra de origen árabe que aquí ya no se vendía y que, sin embargo, la población latina ahora demanda en Sevilla. Ese estudio lo realicé en 2010, pero si lo hiciese ahora, ocho años más tarde, probablemente sería completamente diferente, porque cualquier sociedad normalizada se define por el cambio y la mezcla, también por los signos lingüísticos de su paisaje.

–Usted ha trabajado también sobre el género epistolar. No me refiero sólo a esas cartas de la Guerra de Independencia de la que hemos hablado antes, sino también a la correspondencia de Rafael Lapesa o Luis Rosales. ¿Es el epistolar un género que las nuevas tecnologías están destrozando?

–Es cierto que la comunicación digital ha masacrado la práctica epistolar, lo cual es una pena para los filólogos, porque era una buena fórmula para documentar la intrahistoria de cualquier suceso. Uno de los tesoros que encontramos cuando hicimos el trabajo de la Guerra de Independencia era una carta escrita en castellano con destino a San Sebastián en la que el autor había momentos que se pasaba al euskera. También la del panadero de Triana donde se reflejaba sin ambages el seseo y el ceceo, porque llevaba al papel su forma de hablar. También es cierto que todo ese corpus de whatsapps o tuits se puede trabajar lingüísticamente y sirve para rastrear fenómenos dialectales que no aparecen en los medios de comunicación habituales.

–Otra de sus especialidades es el español del siglo XV. ¿Por qué esa época?

–Mi tesis la hice sobre un tratado escrito en 1446 por el Condestable de Castilla, Álvaro de Luna, el valido de Juan II, que se titula Virtuosas e claras mujeres. Se trata de una defensa de las mujeres según los criterios del siglo XV, donde se resalta que las mujeres son buenas cristianas, que no son pecadoras por naturaleza pese a Eva, etcétera.

–¿Qué le atrae de esta época?

–Es la etapa última de la Edad Media, un momento de fin de ciclo muy interesante lingüísticamente, porque se intenta la creación de una nueva lengua literaria, copiándola del latín y con influencias italianas, aragonesas y catalanas. Es un momento de mezcla.

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