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Joaquín Arbide | Periodista y escritor “Nunca he ido a un gastrobar, no sé muy bien qué es eso”

  • Muchas son las caras del entrevistado: hombre de teatro, radio y televisión; cronista de la Sevilla del tardofranquismo y la Transición; filósofo de barra y, sobre todo, escritor incansable

Joaquín Arbide, en la calle San Jacinto. Joaquín Arbide, en la calle San Jacinto.

Joaquín Arbide, en la calle San Jacinto. / Juan Carlos Vázquez

Cuando el entrevistador, el alma ya optimista por los primeros sorbos de Alfonso, le dice a Joaquín Arbide (Bienvenida, Badajoz, 1941) que es “un cronista de la ciudad”, él se lo toma con flema trianera y contesta: “cosas peores me han dicho”. La mañana es soleada en San Jacinto, un buen momento para hablar con este veterano periodista que hizo de todo en sus años mozos y maduros: cine, teatro, televisión, prensa escrita... Cuando le cogió un toro con forma de ERE en una televisión no se vino abajo y se dedicó a escribir compulsivamente la memoria un tanto golferas de la ciudad, con bares en los que los camareros recitaban las listas de tapas como los ciegos sus romances de crímenes y donde los burdeles tenían orquestas y porteros con librea. “Si dejase de escribir me vendría abajo”, confiesa Arbide que ya tiene una bibliografía con más de 25 títulos, en los que aparece toda esa fauna de la Sevilla tardofranquista y protodemocrática (Garmendia, Garbancito, la Esmeralda, el Peregil...), una canalla orgullosamente provinciana que poblaba el Traga o el Portón. Su último libro, ‘Sevilla, siempre un bar. De la tiza al ordenador’ es la elegía por un mundo que da sus postreros coletazos. Es leerlo y que te entren ganas de pedir una de menudo. Y otra de Alfonso.

–Nacido en Extremadura, como tantos sevillanos.

–Tenía que haber nacido en Cádiz, en el número 20 de la calle Sacramento, junto a la Torre Tavira, donde fui concebido, pero debido a la escasez de alimentos que había en esta ciudad durante la posguerra, mi madre prefirió tenerme en Bienvenida, pueblo de Badajoz donde vivía un hermano suyo que era médico. Al poco tiempo regresé a Cádiz y mi padre, que pertenecía al glorioso cuerpo de Telégrafos, consiguió una plaza en Tetuán.

–Eso lo cuenta en su libro ‘Los años moros’. Siempre se escribe mucho de Tánger, pero muy poco de Tetuán, pese a que fue la capital del protectorado español.

–Tetuán era una ciudad con muchísimas tiendas y mercados. Cuando llegamos allí, mi madre le preguntó al asistente moro de mi padre si le podía traer algo de comida. Él le contestó que sí, que había carne, arroz, garbanzos, en la cantidad que quisiese… Mi madre se desmayó. Tetuán sentía unos celos justificados de Tánger. La segunda era una ciudad internacional con una libertad y un ambiente cultural que no había en la primera, que quieras o no tenía mucho de la España de los cuarenta. Había playas de hombres y playas de mujeres… Cuando mi padre iba a Tánger volvía diciendo que allí había bares con piano y la gente leyendo… Era otro nivel. Eso sí, en Tetuán había mucho cine y espectáculos: El Teatro Español, el Teatro Monumental y el Cine Avenida. Yo veía todas las películas, fuesen de Lola Flores o Bienvenido Mr Marshall, de Berlanga. Además, llegaban algunas versiones sin censurar que no sé cómo se escapaban al control de las autoridades.

Lo lógico habría sido llevar a Obama de tapas por Sevilla. Pero lo llevaron a un restaurante

–Gente leyendo en los bares… Tampoco se ve mucho en la Sevilla actual. Precisamente, acaba de publicar en libro sobre tan peliaguda cuestión: ‘Sevilla, siempre un bar’.

–En mi generación fueron muy importantes, porque en los años sesenta sólo había restaurantes en los hoteles. Sí había muchos bares, pero no podían entrar las mujeres, porque no tenían servicio, apenas unos urinarios con esas puertas como de las películas del oeste.

–Eso pasa aún en algunas tabernas de pueblo.

–Y en algunos bares de mis tiempos ni siquiera eso. Sólo un trozo de madera a la altura de la cintura que te obligaba a desahogarte muy pegado a la pared. En Viuda de Morales, en la calle García de Vinuesa, pasamos los estudiantes de mi generación gran parte de nuestra vida.

–Ya no tiene el tratamiento de ‘viuda de’. Ahora todos conocen a esta taberna como Morales a secas, y además lleno de guiris. ¿Para qué sirve un bar?

–Sobre todo sirve como punto de contacto entre la gente, como lugar de sociabilidad, de relación humana. También para comer con un par de tapas. Tenga en cuenta que hoy todos estamos muy conectados, pero cada vez se da menos lo que estamos haciendo usted y yo ahora: tomarnos una copa y charlar cara a cara. En Sevilla, gracias a Dios, todavía existen templos con sus parroquianos; bares donde a diario acuden las mismas personas a la misma hora a tomar las mismas cosas. Pero, sobre todo, a charlar un rato de cualquier cosa, de Curro Romero o de política.

–¿Y cuál es el templo al que Joaquín Arbide acude diariamente?

–Ahora a uno que está a la vera de mi casa, que se llama el bar Manzanilla. Allí tengo mi reunión de parroquianos y allí discutimos de lo divino y de lo humano.

–Esos son los mejores, los de barrio. Pero pongámonos cosmopolitas. Dígame alguno fuera de los límites de Triana.

–Siempre me gustó mucho el Portón, en la calle General Polavieja, bar que frecuento desde 1960.

–Un bar de periodistas y concejales.

–Cuando El Correo de Andalucía estaba en la calle Albareda, a la hora del cierre, Pepe Guzmán y toda la plebe se iba al Portón a tomarse lo que sea. Los de La Voz del Guadalquivir nos uníamos luego. También se iba a El Rinconcillo, que como digo en el libro, en aquella época lo llamábamos el bar de las tres P: periodistas, policías y putas. Para entrar una vez cerrado tenías que dar con una moneda en el cierre metálico y, según los rascones, te abrían o no.

–¿Y qué opina de los gastrobares?

–No he ido nunca a un gastrobar, no sé muy bien qué es eso. Lo digo sinceramente. Los experimentos, con gaseosa. Esos son inventos para atraer a las nuevas generaciones, pero están desvirtuando los bares de Sevilla. Nuestra hostelería siempre tuvo un carácter, una forma de hacer… Últimamente he llegado a algún bar en el que he pedido un caballito de jamón y me han dado un mollete como si fuese el bocadillo del recreo.

El camarero-actor que recitaba las tapas ha desaparecido, ahora lo hacen todo en silencio con las tablets

–¿Y cómo se hace un buen caballito de jamón?

–Como se hacía en el bar de Manolo González, en la calle Tomás de Ibarra, donde vivía el Pali. Un trozo de pan fritito pero no mucho, una loncha de jamón también pasado un poco por la freidora. Finalmente, un palillo de dientes uniendo ambos elementos.

–Ahora las páginas web están llenas de rankings con las mejores tapas. ¿Cuál es el top ten de Joaquín Arbide?

–Los garbanzos con espinacas, las alcachofas con jamón y el pavía de bacalao…

–¿En masculino?

–Sí, no hay que confundir con la pavía de merluza.

–Entiendo, siga.

–El problema es que a mí las cosas ya no me saben igual. No sé si seré yo el que está cambiando.

–Ahora hay mucho bar de cartón piedra, imitando tabernas andaluzas…

–Fíjese en Obama, lo lógico habría sido llevarlo de tapas por Sevilla, como hicieron conmigo cuando llegué a la ciudad. Sin embargo, lo llevaron a un restaurante y el debate era si las mesas tenían o no manteles.

–Todos guardamos algún luto por bares ya cerrados. ¿Cuál es su cementerio interior?

–Ademas de Manolo González… Vicente, también en Tomás de Ibarra; la Bodega Puente, en el Postigo… Recuerdo uno en Triana, El Noly, a donde se iba más que a comer tapas a escuchar a su propietario recitarlas.

–Gonzalo García-Pelayo me dijo en una entrevista que un camarero recitando tapas es una maravilla de la literatura.

–El Noly era espectacular. Tenía la voz muy nasal, un poco en falsete. Decía: “Tenemos la pavía, tenemos el menudo, tenemos la carne con tomate… y tenemos una paciencia infinita porque los clientes no se deciden”. Te hacía reír, te tomabas cuarenta tapas y te costaba irte del bar. Sabía perfectamente que él era el principal atractivo del bar, y lo explotaba. Eso ya apenas existe. El camarero-actor ha desaparecido. También la tiza, con la que el cliente podía ver sobre la barra a tiempo real lo que se había pedido… Ahora sacan una Tablet y lo pasan en silencio a cocina. Nada de gritos al estilo: “¡Dos de pavía!”

La Esmeralda sabía que el personaje del mariquita siempre ha sido muy querido en Sevilla

–Las barras de los bares eran como las cubiertas de los grandes veleros, un mundo lleno de voces de mando.

–Exactamente. Además esos gritos servían para promocionar la tapa y los clientes lo pasaban en grande escuchándolos.

–Hombre, no sea usted tan pesimista, todavía quedan algunos.

–Sí, en los barrios, pero cada vez menos. Mi amigo Gonzalo Molina acaba de cerrar su bar en la calle relator esquina Parras, donde ponían unas alitas de pollo buenísimas. Allí rodé yo al padre de Gonzalo recitando la lista de tapas. Era espectacular.

–Fauna habitual de los bares son los golfos, sobre los que usted también ha escrito otro centón de páginas. ¿Es Sevilla una ciudad de golfos?

–Sí, Sevilla es una ciudad de golfos porque es una ciudad de artistas, de bohemios, de gentes fuera de la lógica y lo normal, absurda… Sin saberlo y sin quererlo aparentar.

–Los hay con poca gracia.

–Con ese no trato, no me interesa. A mí, sobre todo, me interesa el que, sin saberlo, pasa de todo. Para mí un golfo es Silvio o Gualberto García, con toda su seriedad y su sitar, porque siempre se ha puesto el mundo por montera y se ha automarginado. –Ya los escritores barrocos vieron el filón con la picaresca. ¿A quién coronamos con el rey de la golfería sevillana?

–Yo me acuerdo mucho de Alfonso Gamero Cruces.

–No lo conozco.

-Su nombre artístico era la Esmeralda.

–Eso ya son palabras mayores.–Él sabía que el personaje del mariquita ha sido siempre muy amado y querido en Sevilla. En los años 40 y 50, con toda la represión, los mariquitas iban por Sevilla vendiendo perfumes, con su canasto y cantando. Y las madres paraban a sus chiquillos, que los traían del colegio, y les decían “mira que graciosos”. Así, los niños los veían dentro de su contexto, de su familia grande. La Esmeralda decía que no lo llamasen gay, sino maricón, “que suena a bóveda”.

La Alameda antigua era divertida y peligrosa, una mezcla de Valle Inclán y Fellini

–¿Algún miembro más del Olimpo de los golfos hispalenses?

–Garmendia, un hombre con toda la barba. Aparte de un gran amigo y un gran dramaturgo –yo lo estrené tres obras de teatro– era un hombre con un gran sentido del humor que se puso el mundo por montera. Escribía siempre a mano y en los bares. El medio que quisiese sus trabajos le tenía que mandar un motorista al bar donde estuviese. No quería saber nada de nadie, ni ser amigo de nadie. Nada en él era fingido desde su rincón en el Traga, apoyado en la barra con su tinto, riéndose solo viendo a los personajes: el Garbancito, el señorito malajoso…

–Me ha llamado la atención que ha escrito un ‘Catecismo erótico’. ¿Es usted un erotómano, como Berlanga?

–No tanto como él, pero me gusta el erotismo. Tengo algunos libros sobre literatura y cine erótico. Es un género que desarrolla la imaginación y la fantasía.

–¿Es Sevilla una ciudad erótica?

–Sí, claro, en sus olores, en sus monumentos.

–Durante muchos años el erotismo se desarrollaba en torno a una actividad sobre la que llueven hoy las críticas: la prostitución.

–En alguno de mis libros cuento cuando la Alameda de Hércules era de albero y los chulos de las putas hacían hogueras y se formaban unos jaleos impresionantes. También había burdeles como Las Siete Puertas. La planta de abajo era un bar normal y diurno, pero en la planta de arriba por las noches había un burdel con portero uniformado y orquesta tocando. La Alameda antigua era una mezcla de Valle-Inclán con Fellini; un lugar con peligro, pero también con mucho humor y gracia.

–El maestro Paco Correal me dijo que las únicas que ya le dan los buenos días son las putas de la Plaza de la Mata.

–Ya todo ha cambiado, lógicamente. Pero aquella prostitución no significaba necesariamente tener relaciones sexuales. Muchas veces se trataba de tomarte una copa y reírte un rato, con señoritas como La Italiana o la Abc… Recuerdo el Oasis, al final del desaparecido Puente de Hierro…

–En mi época juvenil era una discoteca normal y corriente.

–Fue un sitio de cierto caché. Incluso yo hice café-teatro a horas tempranas, antes de que empezara el alterne. Iban los matrimonios y se tomaban sus copas. Cuando acababa el café-teatro, los camareros avisaban discretamente que iban a salir “las niñas”. Había matrimonios que se marchaban púdicamente, pero otros se quedaban.

–Tiene un libro dedicado al Peregil, ¿no?

–Fue un libro de encargo. Entonces el Peregil estaba super de moda. Yo vi como le cantaba una saeta al camión de Lipasam. Los barrenderos se pararon y se pusieron firmes mientras escuchaban.

–¿Y la Sevilla de hoy?

–No me hallo, no me encuentro, y cuando me reúno con gente de mi quinta nos hartamos de llorar.

–Metafóricamente…

–…Metafóricamente, pero nos hartamos de llorar. Le daré un consejo: viva todo lo que pueda, porque esto pasa volando. El otro día fui a renovar el DNI y me dieron uno válido hasta febrero de 9999. Le pregunté al funcionario: ¿vengo por la mañana o por la tarde?

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